No estuve en Bucarest, lo viví en Bilbao

Nueve de mayo de 2012, otro día primaveral en Bilbao. Aquel día ese azar que parece dominar la meteorología vasca quiso que fuera un día soleado. «Ideal para ver ganar al Athletic poteando», me dijo un amigo. La cosa no hubiera pasado de ser una anécdota más si aquel día el Athletic de Bilbao no jugara contra el Atlético de Madrid, contra mi Atleti.

Por aquel entonces vivía en Bilbao. Una ciudad preciosa, a la que se tarda en conocer, pero que terminas adorando. Una villa, que es lo que la historia dice que es, orgullosa de sí misma, de sus gentes y de sus símbolos, sobre todo, del mayor de ellos, el Athletic Club de Bilbao, al que aman. Un amor tan intenso que, sin quererlo, acaba por arrinconar a quienes no lo profesan por sólo tener ojos para otro equipo. Si ese equipo es el rival en la primera final europea del equipo vasco en treinta años la presión se vuelve mayor. Casi insoportable. La ciudad, es más, toda la provincia, estaba teñida con el rojiblanco del Athletic Club. Los niños lucían orgullosos sus colores, los de su padre y los de su abuelo. Y es que en eso leones y colchoneros son iguales, el amor hacía un equipo va en los genes, junto al color de ojos o de piel. A veces, incluso antes.

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En una ciudad volcada con su equipo, que era el rival del Atleti, los días previos a la final se hicieron largos, agobiantes. La prensa había engrandecido la buena campaña de los leones en la Europa League y había ninguneado el récord de los de Simeone. Bielsa, gracias a la Europa League, había sido elevado a los altares a pesar de su discreto paso por la Copa del Rey y su mediocre rendimiento en Liga. Parecía que el Atlético de Madrid era el convidado de piedra en aquella final de Bucarest. Tal era el convencimiento de los bilbaínos de que esa final sería suya que olvidaron un pequeño detalle: el partido aún estaba por jugarse.

El día nueve amaneció soleado. Hasta caluroso. La ciudad estaba más rojiblanca que nunca, cada bar (hasta los que no lo hacen cada vez que juegan los leones), cada tienda, cada coche llevaba algún distintivo del Athletic. Los transeúntes sonreían más que de costumbre y los quehaceres diarios les fueron mucho más llevaderos. Bilbao, rendida a su equipo, estaba maravillosa. He de reconocer que sentí envidia. Y por primera vez, me sentí sólo. El Atleti estaba sólo. Estábamos solos en una fiesta en la que no íbamos a disfrutar. «Ya ganasteis hace dos años, ahora nos toca a nosotros», me dijo una compañera de clase.

Tras varias horas viviendo una fiesta que no era la mía y  con muchos nervios, por fin, llegó el partido. Todas las televisiones vizcaínas tenían un fondo verde. Los gritos de «Athletic, Athletic» retumbaban en Bilbao como nunca antes. Hasta el minuto seis. Falcao recordó que Amorebieta no es ese central que la prensa decía que era y marcó un golazo que heló la ría. Los nervios aflojaron. Sonreí aliviado. Quizá esa fiesta sí que fuera la mía. Media hora después sólo el pitido de aviso a invidentes de los semáforos se atrevía a romper el silencio en ‘el Botxo’.  Ni siquiera los leones supieron dar motivos para la esperanza a los suyos. Y es que Bielsa, de tanto ver los partidos de cuclillas, acabó arrodillado ante el CholismoDos horas después Antonio López levantaba la segunda Europa League en la historia del Atlético de Madrid. Mi segunda Europa League. No tan emotiva como la primera, pero tremendamente especial. El Atleti silenció toda una ciudad.

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Iván Fuente [social_link type=»twitter» url=»https://twitter.com/ivanindetapia» target=»on» ]https://twitter.com/ivanindetapia[/social_link]

Fotografía: Atlético de Madrid

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