Atando cabos

Simeone iluminado. Fotografía: Miguel Sosa
Simeone iluminado. Fotografía: Miguel Sosa

– Creo que no voy a ir a la final. Solo he ido a dos y las perdimos.
– Ni se te ocurra ir. Si vas y no ganamos, te vas a obsesionar para toda la vida.
– Tienes razón. La veré en casa.
– Mejor. No podemos dejar ningún cabo suelto.

Esta es, literalmente, la conversación que mantenía hace unos días con un amigo. El que no va a ir es él, por supuesto. Mi historial en finales es bastante más alentador. ¿Quizá porque mis supersticiones están mejor atornilladas? ¿Mis estribillos de los días previos a los partidos decisivos fueron mejor elegidos? Bienvenidos al mundo de la locura.

Conozco a algún maravilloso personaje que se va a gastar bastante más dinero del necesario, para no viajar a Milán con la misma compañía aérea con la que se desplazó a Lisboa. Sé de quienes no quieren repetir ciertas fotos antes del partido. O tienen ansiedad por ver a las personas apropiadas porque las vieron, por ejemplo, antes del 4-0 al otro equipo de la ciudad. “La última vez que vinimos a Milán comimos aquí y ganamos”, “Ya, tío, pero estaba todo malísimo y nos cobraron 30 euros”, “Sí, joder, pero ganamos”, “Para dentro”. Los hay capaces de volver con su ex porque les fue bien sacarse brillo mutuo un par de horas antes del partido con el Chelsea. En serio. Por supuesto, lo de la misma colonia, el mismo calzado y la misma ropa interior, ni se discute. Va por descontado. Así somos. Si en 2010 y 2012 fui padre y salió bien, pues a ello. Una Champions bien merece una cuna más.

Hacemos promesas de todo tipo: dejar de fumar, de beber, de escuchar a Melendi. Caminos de Santiago andando, en bici, descalzos, a la pata coja y de espaldas. Todo vale para que las cosas salgan como deben. Se lo prometemos a alguien o a nosotros mismos. Lo decimos en las redes sociales (eso, a día de hoy, es un compromiso casi legal), lo escribimos en un papel y luego lo quemamos o se lo juramos a nuestros amigos. Nos lo prometemos a nosotros mismos, que es el mayor compromiso. Nos damos tres puñetazos en el pecho mientras repetimos “¡Por el Atleti!, ¡Por el Atleti!, ¡Por el Atleti!” y el pacto queda sellado. Todo va a ir bien.

¿Qué los del otro equipo también tendrán sus supersticiones? Pues vale, pero esas son peores. ¿Qué por qué? Porque sí, porque no hay nada que se oponga a entrar al campo mientras proyectas unos buenos cuernos hacia el suelo. Tradición napolitana, oigan. Cosa seria. Y, por supuesto, Dios nos coge el teléfono antes que a los demás. Que rezar, rezamos todos, creamos o no, pero por si acaso. No vayamos a liarla. ¿Que el Barbas no se mete en estas cosas? Bueno, eso está por ver. A mí en Múnich me hizo caso y me consta que Luis y el Pechuga le andan presionando. Y Luis puede ser muy convincente.

Fotografía: Miguel Sosa

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