Una pandilla de pillos

JOSE JORDAN/AFP/Getty Images
JOSE JORDAN/AFP/Getty Images

CONTRACRÓNICA. Victoria del Atlético en Mestalla, con un grupo de locos bajitos e imberbes sin complejos, mejorando en los aspectos de creación y sin la necesidad de encerrarse atrás tras el tanto que puso la primera ventaja.

El Atlético se quita los miedos, se despoja de complejos y termina con el mantra que se repite una vez tras otra que es un equipo solamente duro, tosco y nulo en la creación. Simeone ensayó contra el Sporting hace unas semanas con Koke y Saúl en doble pivote y la pólvora arriba ha derivado en una versión mucho más ofensiva de los colchoneros desde entonces. La lesión de Augusto incrusta casi de manera obligada a Koke en el doble 5 y permite dotar de un mayor número de jugadores de más calidad en la zona peligrosa.

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Diez minutos duró el peligro y el dominio del Valencia. Casi testimonial, engordado por una grada encendida que ansiaba el pleno de victorias con Voro antes de su adiós, buscando la sangre de uno de sus rivales más directos en toda la historia. Fue lo que tardó el Atlético en engranar, en colocar esas piezas que van rotando. Pequeñitos y jóvenes. No todos entran en ambos grupos, pero sí pertenecen al menos a uno de ellos. Lideran Griezmann y Correa, sonrisa continua sobre el césped, miradas cómplices, como la de aquellos niños que hacen travesuras en el parque, alucinan y presumen queriendo esconder la trastada de sus padres. Cuando ellos se instalaron en los pocos metros existentes entre Mario Suárez y Enzo y la defensa, el Atlético ya fue imparable. Acompañan Gameiro y Koke. Incluso un Saúl que no está en su mejor versión en este arranque liguero. Koke es un ascensor. Baja a área propio a recibir y sube la pelota hasta dar el último pase en área rival. Su evolución es asombrosa. El francés es incansable, su libro de desmarques es inagotable.

La libertad de movimientos de estos chicos en el ataque se sostiene tras un trabajo defensivo sublime, meticuloso, cuadriculado. Por eso ya no sorprende ver a Griezmann recuperar la pelota en la medialuna de Oblak tras una carrera de 60 metros en lo que sería la vida al revés. Por eso Correa, que pierde tres balones en la primera media hora, se baja al barro para robarle a su par esas tres posesiones que marró. Presumen los niños siempre de una facilidad para la imaginación pasmosa. Así, Ángel y Antoine se toman la licencia para caracolear, para combinar a un toque, para dejar balones de cara, para intercambiar posiciones y para sacar de quicio a una defensa que hace rato perdió ya la espalda de un Gameiro que busca el gol.

No siempre sale, incluso a veces nunca. Pero es una gota china, la que mina la moral de un rival que se ve siempre superado por tipos que van con dos marchas más que ellos. Cuando el argentino entienda que no siempre se puede hacer la jugada maradoniana, las cosas le irán mejor. Pero has de dejarle que lo intente, porque a veces sale y porque llegará un día en el que será uno de los mejores jugadores del mundo. Y sólo se progresa equivocándose.

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Con Savic y Lucas jugando más de una hora en campo rival, con Koke y Gabi encerrando a sus rivales en 30 metros, con transiciones rápidas y nada de posesiones largas banales. El nuevo Atleti practica el otro tikitaka. El de triangulaciones veloces y no el de pasivos de balonmano. Cuando se hace todo a mil revoluciones el margen de error es mayor, pero el peligro y la amenaza también.

Y a esa fiesta se sumó Carrasco, aunque bien podía haber sido Gaitán. El belga se ha quitado la mochila de un mal arranque con su gol ante el Bayern y ya vuelve a brillar. Y un poco más tarde le tocó el turno a Torres, que con 32 años sigue siendo el más niño de todos, en uno de sus campos fetiche. Y claro, cuando tienes la varita de convertir en gol el primer balón que tocas (y ya van dos visitas seguidas), tienes que sonreír. Como los pillos. Como los niños.

Y este nuevo Atleti no es sólo cemento. Y ya no se encierra cuando hace un gol, sino que es capaz de chutar al palo, de marrar un penalti, de besar la red por su lado exterior, de tener un par o tres más de oportunidades claras, de doblar su ventaja y de poner en apuros a un equipo como el Valencia, que no fue más que 10 minutos iniciales, alternadas esporádicas de Nani y situaciones contadas en la recta final con más ímpetu que convencimiento. No todos los tikitaka son iguales. Y este Atleti está encontrando el suyo propio.

Fotografía: JOSE JORDAN/AFP/Getty Images.

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