Cuando Martin O’Neill, ex del Leicester, se enamoró del Atleti

Fotografía: Steve Etherington / EMPICS / GETTY IMAGES
Fotografía: Steve Etherington / EMPICS / GETTY IMAGES

HISTORIA. Martin O’Neill, seleccionador de R. de Irlanda, visitó una vez en su historia el Vicente Calderón. Fue en 1997, siendo entrenador del Leicester, en un duelo de Copa de la UEFA, y se quedó prendado de la afición del Atlético y del ambiente del estadio. El azar ha deparado que rojiblancos y foxes se enfrenten de nuevo, esta vez en cuartos de final de la Champions League y con diferentes protagonistas. Martin podrá disfrutar del Vicente Calderón si lo desea, pero como aficionado.

Hay quien dice que del Atleti se nace, que uno no se hace. No puedo estar más en desacuerdo. Uno no llega al mundo portando una bandera colchonera ni posee el raciocinio suficiente para, por su cuenta, entonar el Te Quiero Atleti antes de que nadie se lo enseñe. Y eso es así en todos los casos, incluida mi prima, cuyas primeras palabras fueron Atleti y Gol. Y es que, si nuestros padres o abuelos no hubieran sido aficionados rojiblancos, el porcentaje que tendríamos de apoyar hoy otros colores sería altísimo.

Hay quien no mama sangre rojiblanca desde la cuna. Por eso, uno puede hacerse del Atleti estando en el sitio adecuado en el momento adecuado. Si levantasen la mano aquellos que acudieron por primera vez al Vicente Calderón ya bien entrados en edad sin sentir gusto por unos colores ni pasión por el fútbol y acabaron rendidos al colchonerismo parecería que viviésemos en un concierto. Todo brazos en alza.

Por eso, un 16 de septiembre de 1997, el Atlético de Madrid llegó al corazón de Martin O’Neill, entonces entrenador del Leicester City, que visitaba el Vicente Calderón en los 32º de final de la Copa de la UEFA en la campaña 1997-1998. Aquel era el primer encuentro que disputaba el equipo inglés en la vieja Copa de la UEFA, que cayó eliminado a las primeras de cambio por los rojiblancos. Pero ello no privó a O’Neill de acabar con una sensación más dulce que amarga.

Martin O’Neill no es un don nadie. Precisamente podríamos decir que es todo lo contrario, un hombre milagro, un jugador histórico y uno de los entrenadores más cotizados y con mejor cartel de las Islas. En su etapa como jugador fue el mediocentro titular que ayudó a obrar el milagro del Nottingham Forest, subiendo con el club desde las categorías menores de Inglaterra hasta lograr una Liga y dos Copas de Europa consecutivas. Fue capitán de la selección de Irlanda del Norte, además de uno de los jugadores que más veces vistió su camiseta.

Como entrenador, sus logros pasan por llevar al Leicester City a la mejor época de su vida (antes del campeonato liguero de Ranieri el curso pasado), logrando llevar al equipo desde Segunda División a ganar dos Copas de la Liga y jugar por primera vez en Europa. Luego se fue al Celtic de Glasgow para ser uno de los técnicos más laureados de su historia (tres Ligas y cuatro Copas en cinco años). Cuando estaba convirtiendo al Aston Villa en un equipo a temer por el Big Four en Inglaterra, desavenencias con la directiva le llevaron a dimitir. Pudo dirigir al Sunderland, equipo del que es aficionado confeso y ahora está reconvirtiendo a República de Irlanda en un equipo ganador.

Por toda su carrera deportiva ha sido condecorado como Oficial de la Orden del Imperio Británico, el Norwich City y el Nottingham Forest le han incluido en su Hall of Fame y los reconocimientos individuales se le caen de los bolsillos. Pero hubo un día, más allá de todo galardón, más allá de toda victoria, que caló muy hondo en Martin O’Neill. Igual fue porque vio el rojo y blanco por todas partes y se sintió identificado con su Sunderland. Igual fueron los cánticos de una hinchada ilusionada por un equipo que acabaría llegando a semifinales de Europa. Igual fue simplemente que el Calderón enamora y que el Kiko Gol que se entonaba en los prolegómenos del partido tiene un ritmo pegadizo. Y que Martín O’Neill se cruzó con el Atlético en el momento adecuado para afiliarse a una nueva religión.

Y eso que no fue el día más lúcido del Atlético. El partido, entre semana, a una hora tardía (21:30h) no ayudó y el estadio tenía bastantes huecos. Los fondos, eso sí, lucían pancartas rojas y blancas atrayentes y los papelitos que desde las gradas altas se lanzaron cuando los jugadores salieron, ocultaron cualquier atisbo de pobreza en el gentío. Los pantalones cortos blancos y sudadera negra del norirlandés (el calor le hizo acabar en polo) que llevaba Martin, junto a medias y botas de tacos Mizuno (por si había que saltar al verde) contrastaban radicalmente con el traje de gala que su homólogo Antic. Molina, por cierto, llevaba una equipación que hacía daño a la vista (nunca está de más decirlo).

Fotografía: Matthew Ashton / EMPICS / GETTY IMAGES
Fotografía: Matthew Ashton / EMPICS / GETTY IMAGES

Se presentó el Leicester con jugadores importantes en sus filas, como Emile Heskey, Kasey Keller, Neill Lennon o Zagorakis. Ian Marshall adelantó a los británicos tras un córner pero el Atlético acabó remontando el partido en la segunda mitad gracias a su nueva pareja de arietes. Primero fue Juninho, ganando la partida a toda la zaga demostrando que el tamaño a veces no importa. Más tarde, Vieri certificó la remontada desde el punto de penalti, justo después de que Delfi Geli y Neil Lennon llegaran a las manos.

El Leicester se llevó un buen botín, pues aunque no ganó, marcó como visitante y dejó la eliminatoria abierta. Luego, en Inglaterra, los colchoneros asestaron un golpe contundente, logrando la victoria por 0-2. Poco importó que el King Power Stadium se engalanara para su primer partido europeo con 30.000 globos de colores. Tampoco las trompetas ni el recital de música instrumental que se preparó antes del partido. El Leicester preparó un infierno, apeló al ambiente inglés. “Ganaremos, va a ser una de las mejores noches que han visto nuestros aficionados. No saben lo que les espera. Solo Juninho ha jugado en Inglaterra y conoce el ambiente inglés”, aseguró Lennon antes del partido.

Juninho y José Mari anotaron los tantos en tierras británicas en un partido en el que ciertamente, el colegiado tomó decisiones que perjudicaron seriamente a los locales. Ambos equipos acabaron con 10 y Remi Harrel, trencilla del encuentro, nunca volvió a pitar en competición europea. Martin O’Neill se quejó sobradamente de la actuación arbitral, llegando a afirmar que había sido el mayor robo que había vivido en su trayectoria pero reconociendo todo el mérito a un Atlético que había sido mejor. Y nada pudo ya cambiar lo que el norirlandés vivió aquella noche mágica en el Vicente Calderón, en la ida. Seguro que alguna vez habló de ‘su’ Atleti con Carlos Cuéllar, que jugó de rojiblanco en juveniles y a quien dirigió dos años en el Aston Villa.

Porque el Atleti cuando te llega te llega. Y da igual que sea mientras te gana de forma polémica y te echa de una competición. Poco importa que lleves más de 40 años dedicando tu vida al fútbol, que hayas jugado en los campos más históricos en los mejores torneos. Es estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Y a O’Neill le llegó cuando menos lo esperaba. Siendo su rival en unos 32º de final de la Copa de la UEFA, una noche calurosa de 1997. Un flechazo. Amor a primera vista.

Fotografía: Steve Etherington / EMPICS / GETTY IMAGES.

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