El día que Fernando Torres nos paró el corazón

MIGUEL RIOPA/AFP/Getty Images

OPINIÓN. Hasta este jueves, los aficionados atléticos estábamos acostumbrados a que en muchas ocasiones (por suerte) Fernando Torres nos hubiera acelerado el corazón. Habían sido muchos los días en los que nuestro corazón había latido más fuerte gracias a Fernando. Momentos de alegría, estallidos de júbilo, felicidad descontrolada provocada por un gol, una carrera, un remate o, incluso a veces, un emotivo gesto del futbolista fuenlabreño fuera de los terrenos de juego.

Pero nunca, hasta este jueves, el 9 colchonero nos había parado el corazón.

LOS MINUTOS IMPORTANTES EN LA CARRERA DE FERNANDO TORRES

Ha habido muchos minutos importantes en la carrera futbolística de Fernando Torres:

El minuto 64, del día en el que saltó al Vicente Calderón por primera vez con la camiseta del primer equipo, en un Atleti-Leganés de la temporada 2000-01.

El minuto 80 de una semana después, cuando cantó su primer gol como profesional con la rojiblanca, en el Carlos Belmonte ante el Albacete.

El minuto 68, de la primera jornada de la 2001-2002, cuando marcó su primer tanto en el Calderón, contra el Jaén.

El minuto 40, de aquella tarde de noviembre de 2003 en la que el Benito Villamarín tuvo que rendirse al arte del Niño con un golazo de volea imposible por toda la escuadra.

El minuto 12, cuando anotó, por fin, su primer gol al Real Madrid, con un disparo inalcanzable para Íker Casillas, ya en la campaña 2006-07.

O el minuto 33 de aquella final del Ernst Happel de Viena, cuando ganó esa carrera perdida a Lahm y se la picó por encima a Lehmann, dando a España su primera Eurocopa en color.

En todos esos minutos Fernando Torres, el Niño, hizo latir con fuerza el corazón de la hinchada colchonera e, incluso, de toda España, en el último tanto citado. Pero nunca, hasta este jueves, el 9 fuenlabreño nos había parado el corazón.

PODÍA HABER SIDO UN DÍA CUALQUIERA PARA EL NIÑO, CON ESA VOLEA EN EL 79′

En Riazor, en el minuto 79, Fernando Torres hizo un perfecto control orientado con el pecho tras pase de Gaitán y se sacó una preciosa volea cruzada a la que respondió con una gran mano Germán Lux.

Podría haber sido un día cualquiera para el Niño. Ese balón podría haber entrado, podría haber dado los tres puntos a los rojiblancos, y su golazo habría hecho saltar de alborozo a los corazones colchoneros un día más. Pero no, no fue así.

Sólo cinco minutos después, en el minuto 84, Fernando Torres despejaba un balón de cabeza hacia atrás y por su espalda recibía un tremendo impacto de Alex Bergantiños, que llegaba tarde a la disputa y le noqueó. Literalmente. El Niño cayó al suelo ya inconsciente y su cabeza impactó con violencia en el verde, inerte, como la de un muñeco, se tambaleó hasta quedar inmóvil sobre el césped.

EL VALIENTE ENCARGADO DE SALVARLE, UN CROATA QUE APENAS LLEVA SIETE MESES EN ESPAÑA

Supongo que no debe ser nada fácil responder cuando se presencia una acción semejante. Desde casa uno se queda helado, sobrecogido, impactado, con el vello de punta. Pero, por fortuna, en el campo Vrsaljko, Gabi y Giménez reaccionaron con una celeridad tremenda, se abalanzaron sobre el cuerpo de Torres y fue un croata de 25 años recién cumplidos que apenas lleva siete meses en España, el valiente encargado de abrir la boca de Fernando para sacar su lengua, evitar una asfixia y salvar su vida.

Fueron minutos de una insondable angustia. Desde el otro lado del televisor, ver a Giménez presa de las lágrimas, tapándose la cara, desesperado, y gritando “¡Una ambulancia, la concha de la madre!”, son momentos difíciles de olvidar nunca.

Desde el sofá, yo intentaba buscar en las caras del resto de sus compañeros un gesto tranquilizador que hiciera disiparse los peores presagios. Pero sólo podía encontrar preocupación y angustia en los rostros de Carrasco, Filipe Luis o incluso el deportivista Fayçal Fajr rezaba intentando contener las lágrimas.

Mi congoja aumentaba cuando comprobaba que la televisión no ofrecía ni una sola imagen de Fernando. En un mundo del fútbol en el que los jugadores deben taparse la boca para que no les transcriban sus frases, en el que hay una cámara en cada rincón, capaz de captar si un futbolista se ha hecho un nuevo tatuaje en el dedo meñique, la realización del partido decidía no emitir ni un segundo del estado de Torres. Decoro y protección a su intimidad, me parece muy loable. Pero en esos momentos mi miedo crecía ante el temor de que lo que había que mostrar era tan impactante y tan intranquilizador que preferían no sacar nada. ¡¿Qué le pasa a Fernando?!

EL MINUTO 84 PODÍA HABER SIDO EL MINUTO MÁS IMPORTANTE DE SU VIDA…

Tras más de cuatro minutos eternos y de enorme angustia, Fernando Torres es sacado del estadio en camilla, ante la ovación y los aplausos mayoritarios de un Riazor puesto en pie, demostrando el señorío de una afición que no representan un puñado de descerebrados que instantes antes realizaron algún cántico deleznable.

El árbitro alargó siete minutos, que como bien dijo el narrador también se hicieron eternos, ya que la cabeza de todos estaba en ese ambulancia que transportaba a Fernando Torres camino del Hospital Modelo de A Coruña.

El partido se acabó en el minuto 84, minuto de ese choque brutal de Fernando Torres. Ese podía haber sido el minuto más importante en la vida de Fernando Torres porque, seamos claros, podía haber sido el minuto de su muerte.

ENTONCES SÓLO PODÍA PENSAR EN OLALLA, EN NORA, EN LEO, EN ELSA…

Entonces todos los minutos citados anteriormente no valían para nada; y en esos momentos interminables en los que Torres yacía en el suelo sólo podía pensar en Olalla, su mujer y antes novia de toda la vida, en sus tres hijos, Nora, de siete años, de la que Fernando siempre dice que es “el mejor trofeo que he recibido nunca”; Leo, de cinco años; y Elsa, un bebé de poco más de un año; en su hermano, Israel; y por supuesto en sus padres, José Torres y Flori Sanz.

En esos trágicos momentos no se nos iba el ídolo, no se nos iba el futbolista que ha marcado más de cien goles con la rojiblanca; el goleador de las dos finales de las Eurocopas; el Bota de Plata y Balón de Bronce de 2008; el mayor emblema en activo del Atlético de Madrid, que merece un sitio al lado del oso y el madroño (a la derecha del oso, no en el centro. El escudo no se toca)… No… Se nos iba el padre… el marido… el hijo o el hermano… el amigo… Ese amigo que vemos en él todos los aficionados colchoneros, porque lo hará mejor o peor, la clavará por la escuadra o la mandará a Parla; hará el control de su vida o se le irá a tres metros; acertará con el penalti o la estrellará contra el larguero… pero ese tío, más que ninguno, sí que nos representa; porque desde los diez añitos, cuando sólo era pecas, ya sufría y disfrutaba con su Atleti desde la grada del Calderón; porque el día en que marcó su gol cien se fundió en un abrazo precisamente con su descubridor de esa época, Manuel Briñas; porque cada vez que marca un gol importante se besa el escudo, ese mismo escudo que lucía con orgullo en banderas o bufandas cada vez que tenía éxitos con España; porque ese escudo lo lleva siempre consigo… dentro del pecho. Alguien a quien no tardé en perdonarle ni dos semanas el que nos dejara durante siete años por una rubia inglesa… porque según llegó nos hizo un doblete en ese sitio donde más morbo nos daba.

“FERNANDO, HAZNOS UN FAVOR Y NO TE VAYAS NUNCA…”

Y quiero terminar este artículo del mismo modo en que me despedí de él ahora hace diez años, en una de las primeras veces en las que tuve la suerte de coincidir con él en persona, tras una entrevista en la Cadena SER. “Torres, haznos un favor y no te vayas nunca”.  De ninguna de las maneras. Y ahora te lo digo muy en serio.

Fotografía: MIGUEL RIOPA/AFP/Getty Images

COMENTARIOS