Él no lo sabe, pero es del Atleti

CONTRACRÓNICA. En el Día del Padre, el Frente Atlético desplegó un tifo reafirmándose en ese vinculo intangible, pero maravilloso, que une y pasa de padres e hijos: el Atleti. Curiosamente mi padre no es colchonero. Pero su forma de ser sí que es rojiblanca. Premia el esfuerzo, la honestidad, hacer las cosas sin dobleces. A su castellana forma, elogia la meritocracia y desdeña vivir de las rentas, tener sin merecer. Quizá se equivocó de equipo, pero eso, de alguna manera, también es colchonería. Errar es algo tan atlético como el rojo y el blanco.

Incluso Simeone, esa maravillosa casualidad que ha dado al Atlético de Madrid la mejor época de su historia, se equivoca. No tanto como Carrasco, que toma tantas malas decisiones como contragolpes lanza. El belga, eso sí, está en franca mejoría. Aún regatea alguna carrera en defensa, pero se esfuerza en esforzarse. Merece reconocimiento. Quien tiene todo el crédito del mundo es Antoine Griezmann. Le petit diable, que dicen algunos. Asistió a Godín, marcó un golazo de falta y se pegó unas carreras en defensa mediada la segunda mitad que levantaron de sus asientos al aficionado. El hincha de Atleti valora el esfuerzo. Y el Cholismo, a pesar de todo y todos, es esfuerzo innegociable.

Como innegociable, indudable y sincero es, mal que pese a uno o dos pontificadores que lo mismo critican por la espalda que por la gatera, que el Calderón idolatra a Torres y a Simeone. Al uno y al otro. En este caso la ‘y’ no es un mero conector gramatical, es un vinculo, un nexo. Como el que une al Torrismo y al Cholismo. Saltó el Niño, alentó el Calderón y Simeone, raudo, pidió más. ¿Se acuerda del gol 100 de Torres y la celebración del Cholo? Esa imagen habla por si sola. Las verdades se explican solas.

Y si de verdades se trata, fue mi padre, ese que no es colchonero, hace más de 25 años el que me enseñó quien era Luis Aragonés. Siendo niño, me ‘salió’ el cromo de Aragonés, entonces entrenador del Sevilla. Me enfadé y apunto estuve de tirarlo. Mi padre, presto, pero parco en palabras como sólo él es cuando no quiere hablar, me dijo: “ese es el tio más importante de la historia del Atlético de Madrid”. Me hizo guardar el cromo y me dejó pensando. Sin internet y con una timidez infantil terrible me costó conocer lo grande que era Luis. Mi padre me puso en el camino. También él me habló de Gárate, Adelardo o de ‘Panadero’ Díaz, (“a ese tio le tenía miedo hasta la muerte”) y de ese alemán cuyo nombre es jodido de pronunciar, pero imposible de olvidar. Él, que no es colchonero, hizo cuanto pudo porque yo fuera del Atlético. Sin una camiseta o un regalo del Atleti. Tampoco de otros equipos. Pero con una verdad que aún no logro entender del todo, pero que siempre me viene a la cabeza cuando las cosas se tuercen. “Las cosas no siempre son como uno quiere, pero hay que seguir”. Si eso no es atleticismo, baje Dios y lo vea. Él no lo sabe, pero es del Atlético de Madrid.

Lo que está claro y es sabido es que este equipo, el Atlético de Simeone, tiene hambre. Recortó dos puntos más al Sevilla y le metió un meneo de los que dejan dudas en el fuero interno del rival. En Nervión no saben si era el catorce o el quince de octubre cuando nació su ilusión. Su objetivo, visto lo visto hasta ahora es el mismo que el del Atlético: pelear la tercera plaza. Veremos quien sonríe en mayo. Los colchoneros además tienen un sueño: la Copa de Europa. Y tienen licencia para soñar.

Fotografía: Esto es Atleti/Álvaro Moreno

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