Un Madrid-Atleti en el Calderón, con Mahou

OPINIÓN. Decía el Cholo hace unas semanas que en esos días en los que da el sol sobre la gradas del Calderón repletas, las camisetas y banderas rojiblancas resplandecen de un modo tan especial que emociona y hace que el vínculo del futbolista con la hinchada sea mayor. Las tardes a las que se refiere Simeone, son esas tardes de primavera que evocan otros tiempos y tienen sabor a domingo a las cinco de la tarde. Tardes que comienzan horas antes del partido, y en las que se discute con los amigos sobre alineaciones, viajes, y sueños comunes. Son tardes en las que el termómetro sube, y no hay nada como una Mahou para regular la temperatura corporal.

Por desgracia, nuestro amado Vicente Calderón tiene las horas contadas. El reloj corre en su contra, y a los que lo sentimos como nuestra casa nos va ganando la batalla poco a poco, por eso aprovechamos la más mínima oportunidad para disfrutar de él. Ayer Mahou nos ofrecía la posibilidad de ver el derbi que nuestro equipo jugaba en el Bernabéu desde la sala VIP del palco, y claro está, allí estuvimos unos pocos afortunados. Aforo completo. Tan completo que hasta se desplazaron unos amigos de Valladolid sólo para vivir el partido en pantalla gigante y con el césped de nuestro estadio de fondo.

Entre cervezas y aperitivos, mientras debatíamos sobre la importancia del partido y si donde realmente había que poner toda la carne en el asador era el miércoles ante el Leicester, llegaron Gárate y Solozábal para hacer las delicias de los allí presentes. Casi sin darnos cuenta comenzó el partido, y con el pitido inicial se empezó a sentir la tensión propia del derbi, la cual sólo se aliviaba con otra cerveza y una nueva bandeja de embutidos. Alguno casi se atraganta cuando mediada la primera mitad Savic salvó sobre la línea un gol que ya se cantaba en Chamartín.

Llegamos al descanso, y mientras unos hacían cola para fotografiarse con Gárate y Solozábal, otros aprovechábamos para bajar grada abajo cerquita del césped y sentir su olor. Ocasión especial para disfrutar de nuestro estadio casi a solas, prácticamente en silencio, sin el griterío de un día de partido, y con una radiante sol sobre la grada y parte del terreno de juego. Mientras disfrutaba de un momento tan especial y recordaba los cientos de momentos emocionantes que he vivido allí, no pude evitar pensar qué sería de éste, mi rincón favorito de Madrid, dentro de un año. Esta vez el reloj me echó un cable y vino a deshacer el nudo en mi garganta, pues ya era hora de volver a nuestra mesa a ver la segunda parte. Otra Mahou, por favor.

Casi no nos había dado tiempo a acomodarnos de nuevo en nuestras sillas, cuando Pepe remataba a la red un centro medido de Kroos. De repente una minoría absoluta se hizo sentir celebrando el gol madridista. Nadie sabe donde habían estado metidos antes, pero en ese preciso instante emergieron de las bandejas de embutidos en las que habían estado camuflados para festejar el gol de su equipo. La réplica no se hizo esperar y amablemente se les recordó que “jugaban fuera de casa”.

La cosa pintaba mal cuando Torres marró un mano a mano ante Keylor y los minutos pasaban sin sensación de peligro. A penas le quedaban dos tragos a mi penúltima cerveza (a un madrileño jamás le oirán decir la última) cuando Correa filtraba un pase para dejar en boca de gol a Griezmann. Lo que sucedió dos segundos después del gol, teniendo en cuenta que el encargado de la ejecución era el cañonero galo, se lo pueden imaginar. Bueno, mejor no se lo imaginen y se lo cuento: saltos, abrazos, puños en alto, cerveza triste e inevitablemente derramada, un “vikingos no” dedicado a los forasteros, un himno que salió de lo más profundo del corazón, y un brindis a los cuatro vientos con Mahou, por el empate y por lo que está por venir.

Aún con mucha y muy tarde por delante de la que disfrutar, sobre todo con el buen sabor de boca que nos había dejado el gol de Antoine, nos fuimos marchando del palco, no sin antes recoger un regalo que Mahou guardaba para cada asistente: una cerveza edición especial y una copa. Lleva años el departamento de comunicación de Mahou haciendo regalos a los atléticos en forma de eventos y anuncios de televisión preciosos, como el último con Torres y el hijo de Luis, pero el mejor regalo que ayer nos hizo la marca cervecera a unos pocos afortunados fue el poder decir que el último derbi en el Calderón no lo perdimos, lo empatamos con un gol de Griezmann.

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