No, no era alergia

Encuentro disputado en el Vicente Calderón correspondiente a la J38 de la Liga Santander 16/17. Fotografías realizadas para Esto es Atleti por Tania Delgado.

OPINIÓN: La crónica de una muerte anunciada, de una despedida no deseada pero fechada. La historia de un equipo y una vida resumida en 180 minutos. Un título celebrado en pleno campo de unas chicas que son igual de Atleti que los chicos. Las lágrimas refugiadas en el pretexto de la alergia primaveral.

Sale uno de casa, como cualquier otro domingo a mediodía. Hace un chequeo rápido a sus necesidades vitales antes de abandonar el primero de los dos hogares que va a abandonar: móvil, llaves, cartera. Y ciertamente, en esta época de alergia primaveral, hay quien no puede vivir sin un paquete de pañuelos en el bolsillo e incluso un inhalador, por si acaso. El cielo está encapotado…Pero me voy a llevar las gafas, que nunca se sabe.

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Uno desemboca del Metro Embajadores y enfila la bajada por el paseo de Acacias por última vez. Seguro que habrá otras muchas más, pero no serán con el mismo destino. Los bares, aquel gimnasio de nuestro ‘9’, las tiendas de frutos secos ahora monopolio asiático y aquella heladería que hace esquina poco antes de llegar a Pirámides. También será su última vez.

No deja de tener cierta ironía que tras años y años de abonado peleándose siempre con el mismo torno en las puertas de acceso, sea en el último partido cuando uno pasa a la primera, sin problemas, sin que la maquinita rechiste o pinte un aspa roja. Tiene narices.

Subir los nueve escalones del mismo vomitorio, una vez más, la última, y ver el estadio en su atardecer, apagado por el sol escondido entre tanta nube, iluminado por la gente. «¿Veis el estadio a las cuatro de la tarde, con el graderío lleno? Es precioso», decía Simeone hace unos meses. Qué razón tenía.

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Y entonces, cuando crees que has contenido las lágrimas lo suficiente esos últimos recuerdos en sitios que por sí solos dicen tan poco pero que en ese contexto son parte de una vida, un tifo se despliega por todo el lateral, de fondo a fondo, y una punzada te recorre todo el estómago, te toca el corazón y te saca la primera lágrima. Menos mal que llevaba las gafas ‘por si acaso’. Paseo de los Melancólicos, cuánto te quiero.

Voy con la cámara del móvil en mano. Confundido, aturullado. En estos tiempos modernos nos preocupamos más de inmortalizar los momentos para el futuro que realmente vivirlos en el presente. Busco mi asiento, me equivoco de fila. En serio, el último día y parezco un novato, un turista. Parece que fuera mi primera vez y en realidad es la última. Decido aparcar la tecnología y disfrutar. ¿Se templan los nervios? y arranca el partido. El ambiente es maravilloso.

Y entonces irrumpe, un pase milimétrico de Tiago, que cree no estar para estos menesteres, una dejada de cabeza de cierto francés que ayer botaba y botaba celebrando, entre muchas cosas, acabar la temporada como máximo goleador y máximo asistente de este equipo y un gol de quien lo tenía que marcar, del Niño de todos, que no puede salir de aquí sin un título bajo el brazo.

Y Don Miguel, a mi izquierda, socio número 484, rompe en llanto tras más de medio siglo como seguidor incondicional, como no lo había hecho con ningún otro título ni algún que otro sinsabor. «Son muchas las emociones, es normal», susurran desde atrás. Y delante, un crío que apenas alcanzó a ver jugar a Diego Forlán de rojiblanco, pregunta, mientras se seca las lágrimas, quién ese ese tal Raúl García que corean.

Luis Aragonés marcó el primer gol del Estadio Vicente Calderón, allá 50 años atrás. Lo vio mi abuelo, insignia de Oro y Brillantes otorgada a una pasión desmedida y que ayer lloró en el tercer anfiteatro. Yo vi marcar a Fernando Torres el último tanto en tal legendario campo, en una volea a media vuelta que fue un placer para la vista tras culminar uno de los contragolpes más hermosos que se han podido ver en la ribera del Manzanares y que tanta parte de nuestra historia son. Y lo celebró allí, en el córner de Pantic, arrodillado ante aquello que ama. Perdóname Correa, pero ayer el partido terminó 2-1.

Y no dejaba uno de suspirar entre lágrimas cuando un nuevo #MomentoDelCalderón surgía. Porque sí, ese iba a ser el último olor a puro de la bufanda, la última calorina con el sol de cara y el último «Yo me voy al Manzanares» que se iba a cantar con sentido, con razón. Y el último ramo de Margarita, que ha dado alegrías en forma de títulos bendiciendo el córner que tantos éxitos ha dado.

Y pasaron muchas cosas. Pasó Tiago, pasó Gabi, pasó un tipo vestido de indio detrás de uno vendiendo palomitas. Fútbol moderno. El árbitro señaló el final y comenzó un homenaje donde se juntaron los ídolos de mi abuelo, de mi padre y los míos. Con títulos que dicen mucho, pero a la vez no dicen nada. Quiténmelos todos y déjenme con lo que hubo ayer en el césped y en la grada.

Y ya todo da igual. Llora el de delante, llora el de la izquierda, llora el de atrás y no hay ni una sola alma en todo el sector que no haya sollozado y suspirado durante las últimas tres horas que estuvimos juntos. Se sube uno las gafas y se mira con aquellos con los que tantas cosas ha compartido y con quien apenas ha cruzado nunca palabra. Y están igual que tú. Y no se puede salir por última vez del Vicente Calderón sin echar la vista atrás. No, no era alergia.

Toda una infancia, 
Toda una vida,
Muchos recuerdos,
Y una familia.

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