No perdono a la tierra ni a la nada, Miguel

OPINIÓN. A todos, en algún momento de nuestras vidas nos había dejado para siempre nuestro tío Luis, Manuel, o José Miguel. Se nos habían ido aquellos hombres abriendo zanjas enormes en nuestro ser, y ayer, descubrimos que sin saberlo hace mucho que se nos había ido Miguel, el personaje de “Cuéntame cómo pasó”, la serie más longeva de la historia de TVE. Anoche nos dimos cuenta de que Miguel lleva más de treinta años cantando los goles del Atleti desde el tercer anfiteatro. Se nos fue Miguel, sí, ese tío que todos tuvimos alguna vez.

“…No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada…”

De esta guisa recitaba su hermano Antonio “Elegía”, poema que Miguel Hernández dedicó a la memoria de su compañero del alma; el también escritor y periodista Ramón Sijé. Con un hilo de voz entrecortada, el menor de los Alcántara, sobrecogía a los asistentes al funeral de su hermano Miguel, y transgredía al mismo tiempo la pantalla del televisor para colarse en los salones de nuestras casas y anudar las gargantas de los telespectadores. Miguel ya no estaba, y el actor Juan Echanove no volvería a interpretar tan entrañable personaje, matando definitivamente al sobrino que alguna vez todos fuimos.

Resulta que a Miguel le incineraron una mañana de otoño de 1986, y yo que fantaseaba con que cualquier día me lo encontraría, iluso de mí, subiendo a duras penas la cuesta del Paseo de los Melancólicos con su eterna insignia del Atlético de Aviación en la solapa. Era imposible encontrármelo, porque Miguel va al Calderón por ese otro camino que Don Vicente a buen seguro habilitó para ellos. Para los nuestros. Para los que se fueron pero están, vaya que si están.

Un hombre tan lleno de vida como Miguel difícilmente iba a haber dejado constancia de lo que le gustaría que fuese de sus restos, pero no hacía falta. Su amigo Ramón, antagónico de ideas a un comunista como nuestro protagonista, además de un reconocido madridista, rápidamente dio con la clave: sus cenizas serían esparcidas por su amado Estadio Vicente Calderón.

Y de repente, casi sin darnos cuenta, nos encontramos ante una escena que no olvidaremos quienes llevamos semanas, meses, incluso años viviendo con la pena de abandonar nuestra rojiblanca casa a orillas del Manzanares. Paquita, su mujer, sostenía la urna con las cenizas de Miguel. No estaba sola, pues la acompañaban Antonio y Ramón. Como escenario de fondo el interminable hormigón de los imponentes graderíos de un Calderón ochentero; ese que algunos niños tuvimos la fortuna de conocer, aunque tengamos que hacer esfuerzos para poner nitidez a unos recuerdos desgastados.

La mezcla de sensaciones resultaba fascinantemente lacrimógena, y evocaba retales de nuestras vidas en forma de recuerdos perennes, al tiempo que desde la grada del fondo norte Paquita arrojaba las cenizas de Miguel, con el himno del Atleti como banda sonora perfecta. El sol se ponía en Madrid y por la esquina sur, entre el video marcador y el primer anfiteatro, un destello verde iluminaba a los allí presentes. Dicen que cuando se ve el rayo verde es porque el espíritu de un ser querido ha vuelto a la tierra.

Julio Verne describió así el fenómeno: “…un verde que ningún artista podría jamás obtener en su paleta, un verde del cual ni los variados tintes de la vegetación ni los tonos del más limpio mar podrían nunca producir un igual. Si hay un verde en el Paraíso, no puede ser salvo de este tono, que muy seguramente es el verdadero verde de la Esperanza…”

Yo nunca vi el rayo verde, y si así fue no lo percibí como tal, o sencillamente no lo recuerdo. Supongo que Miguel no quiso perderse a sus seres más queridos, esos que nunca le acompañaban al fútbol, justo allí; donde tanto había vivido sin su compañía. Supongo también que cuando uno ya no está en este mundo, y desde el otro lado ve a los suyos honrar así lo que fue, de algún modo se debe de experimentar algo muy parecido a la inmortalidad. Miguel es inmortal, sí, como lo son nuestros tíos Luis, Manuel, o José Miguel. Son inmortales, como lo es el estadio que despediremos este domingo, porque en él gritamos, reímos, rozamos la locura, sentimos, nos abrazamos a desconocidos, lloramos, nos besamos, nos enfadamos, fuimos campeones, e incluso los más afortunados nos enamoramos. Todo ello sucedió allí dentro, pero a partir del domingo nos lo llevamos puesto para siempre bajo la piel, independientemente de si miramos o no al futuro con esperanza, y sin entrar a valorar la profundidad de nuestra pena.

“…No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida…”

 

 

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