Los niños que jugábamos a ser Futre

OPINIÓN. La primera vez que entré en el Calderón tenía 12 años y, como ayer, sus gradas estaban vacías. Era agosto y el primer equipo completaba aquella tarde un entrenamiento de pretemporada a puerta cerrada, también para la prensa, pues no recuerdo absolutamente a nadie que no fuese quienes trabajaban sobre el césped. Mi primo y yo éramos los únicos e inusuales espectadores, gracias al conserje, al que debimos dar pena y nos permitió la entrada con el consentimiento del entrenador del Atleti: “Sentaos por ahí y no molestéis”, dijo mirándonos por encima de sus enormes gafas. Era el mismísimo Don Luis Aragonés y sus palabras llegaron donde debían. Permanecimos inmóviles sobre los bancos de cemento, justo detrás de la bocana de vestuarios, mientras nuestras retinas archivaban imágenes y más imágenes durante el entrenamiento.

Las imponentes gradas de cemento te envolvían y nada tenían que ver con los partidos que veíamos por la tele, pero nosotros queríamos ver a Schuster y a Futre, sobre todo a Futre. Y es que, a quienes tuvimos la fortuna de ser niños del Atleti a finales de los 80, aquel portugués de melena al viento nos marcó para siempre. Bastaban dos mochilas para que Julio, Carlos o Cañas, los únicos rojiblancos de la clase, correteásemos en el patio del colegio emulando al ’10’ del Atleti. Todos queríamos ser Futre, soñábamos con jugar de mayores en el Calderón, y con quebrar la cintura a Chendo o Sanchís.

En mayo me despedí del templo después de 22 años de socio y una vida al abrigo de sus gradas. Juré no volver jamás por la zona, pues no es plato de buen gusto ponerte a llorar por un hogar abandonado al que no puedes volver y mucho menos sin haber decidido tú abandonarlo, como no lo es este nudo en la garganta, mientras escribo estas líneas. En fin…

Pero fíjense ustedes, rompí mi juramento. Lo hice para no defraudar a aquel niño que se pedía siempre a Futre y soñaba con jugar en el Calderón. Jugué El Partido de las Estrellas de Mahou rodeado de compañeros de prensa, escritores y amigos de esos que uno se lleva para siempre. Lo de menos era el resultado, por más que Fran Gillén emulase a su biografiado Diego Costa y tirase de cancherismo para perder tiempo cuando teníamos de cara el marcador. Y lo de más eran ver las caras de felicidad de los que tuvimos la fortuna de pisar un césped al que le queda poco tiempo de vida.

Permítanme que les hable de mi equipo; el Mahou Cinco Estrellas. Ya les había mencionado a Fran Guillén, que aguantó estoico bajo palos los ataques de Matallanas y compañía. Pero es que a mi izquierda tenía a Ricardo Menéndez (Ricky, para los amigos), sin el que Esto es Atleti no existiría. Tampoco existiría un sitio de culto como el Tr3ze Bar sin un currante nato del periodismo deportivo como es Javi Gómara, de Mundo Deportivo. Qué decir de Marco, el niño del grupo, que tuvo el honor de abrir el marcador tras asistencia medida de un servidor, modestia aparte. Otro que experimentó la sensación de marcar fue José Ignacio Fernández, con quien compartí abrazos y lágrimas sobre las gradas de San Siro.

Traté de buscar con ahínco a mi amigo Juanes para que encontrase la red, porque sabía que le hacía especial ilusión, pero no le encontré. Dio igual. Ambos ganamos por goleada sin atender al marcador. “El fútbol no es para mujeres”, ya, pues que se lo digan a Natalia Freire (inconfundible su voz en Radio Marca) que sabe mejor que nadie de qué va eso de luchar como hermanos. Le bastaron unas botas prestadas para demostrarlo, como a Patricia Cazón, que sin fútbol en sus pies, derrocha coraje y corazón con su pluma y su tintero varias veces por semana. Patricia tenía cerca a su jefe en As, Picu, al que ser el más veterano del equipo no le impidió mostrar buenas maneras sobre el tapete.

En el equipo rival teníamos también varios amigos, aunque en el partido no lo fueran y les hiciésemos morder el polvo. Allí estuvo Borja Aranda, mister de El Pardo y conocedor de ligas internacionales de las que uno no tiene ni constancia. Y Miguel Ron, que se subió al carro a última hora para dejar pinceladas del fútbol que aún le queda y de su marcado ADN rojiblanco; por sus venas corre sangre como la mía, por más que ayer fuésemos rivales. La misma sangre que corría por las venas de Tasun (Fernando Altarejos), otro amigo que ayer no jugó, pero estuvo en ese nuestro tercer anfiteatro. Llevé mi camiseta de Gabi, su jugador favorito, para que su presencia fuese tangible y abrigase algo el tremendo frío que nos dejó hace dos años.

No me quiero olvidar de Álvaro Pérez, a quien doy mi más sincera enhorabuena por el excepcional trabajo que hace para que estos eventos de Mahou terminen siendo casi tan grandiosos como la cerveza que producen. Ni de mi compadre Juan Gato, que ayer también se vistió de corto en el partido de al lado, lo que nos permitió tomarnos una Mahou juntos en el tercer tiempo.

Y me he querido dejar para el final a Francis Magán, alguien que supo entender como nadie lo que es ser hincha del Atleti y logró que el ambiente del Vicente Calderón se pareciese mucho a lo que tenía en su cabeza. Ayer debutó, cámara en mano, como acreditado por Esto es Atleti, y a ras de césped capturó un material excepcional, como se puede comprobar en este post. Junto a Juanes, nos emocionamos juntos subiendo a nuestro amado fondo sur después de tantos años, momento que también nos llevamos como regalo. Otro día les hablaré más de Francis en un artículo que tengo en el tintero y se titula así: “Hermano mío, alza tu bandera”.

Así se nos fue una mañana de sábado, y así cumplimos el sueño de jugar a ser Futre sobre el césped de nuestro ya añorado Vicente Calderón. Nos agachamos para besar por última vez el escudo jamás pisado y enfilamos la puerta de salida para terminar despidiéndonos en un Paseo de los Melancólicos cuyo nombre cada vez tiene más sentido.

Fotografía y vídeo: Francis Magán

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