Banderas de nuestros padres

OPINIÓN. Hay veces en que el Atleti viene a buscarte. Te va minando cada uno de los seis sentidos y se te mete hasta el tuétano, sin pedirte el carné de pedigrí. No hace falta tener abuelo, padre, madre o tía. Ni siquiera vecino; incluso amigo. No es necesario tener ascendencia del Atleti para que te de un silbidito y te vayas con él. Puedes ser un expósito de la vida perfectamente y sentir al Atleti como uno más. Por un camino u otro, al final uno acaba llegando al puñetero cerro, juntando las manos con el resto de compatriotas, y levantando aquella bandera. Sin importar demasiado si tu padre es de Tennessee o de Guadalajara, lo “colchoneramente” importante, es que todos empujan para izar el símbolo al infinito.

Cuando en 2007 un grupo de hinchas del Atleti (hastiados del mercantilismo y la falta de arraigo en la que consideraban había caído el extinto Club del Manzanares) decidió crear de nuevo un verdadero club con el protagonismo de sus socios, alguien desde el foro de Señales de Humo lanzó la propuesta de esa icónica imagen. Y la idea, genuina, cuajó a través de ese compañero inseparable: Photoshop.

Pusimos toda la batería de herramientas del producto estrella de Adobe al servicio de la fotografía de Rosenthal en aquella colina de Iwo Jima. Recortar, extraer, suavizar, enmascarar, tintar, ajustar… y así, aquellos marines del 2º batallón se acabaron convirtiendo en los fornidos y atléticos combatientes del Paseo de los Melancólicos, del mismo modo que la enseña de Estados Unidos mutó en el símbolo barrado de La Osa y el Madroño.

Desde allí arriba se ve el Carabanchel de Rosendo, la chamberilera plaza de Cuatro Caminos, Embajadores, Vallecas y hasta Hortaleza; si te pones de puntillas sobre tus zapatones. En realidad, remontando aquella cima se pueden divisar las cuatro barras de Ronda, Puente de Genil o la Costa (rojiblanca) de Alicante. O incluso uno puede adivinar, pasando los Pirineos, la romántica O’Donnell, en la misma Britannia. Desde aquella colina de podrían gobernar las legiones de Polonia, la Centuria de Germania y hasta los irreductibles de Luján; allí donde La Plata nos pare atléticos (Ole, ole, ole…) a espuertas.

Corría el año 2007, con Torres ya rompiendo defensas a orillas del Mersey; relevado por el Kun en el Manzanares. Por primera vez desde aquél glorioso verano del 96, acabaríamos clasificándonos para la Champions. Diez añitos de travesía en el desierto en los cuales los aficionados lo pasábamos pipa viendo ir y venir entrenadores que no aburrían ni a ovejas ni a pastores (entiéndaseme la ironía). Un decenio donde los niños que aguantaron el chaparrón en clase, se ganaron el cielo para siempre. Pensé un montón en ellos a la hora de rehacer la imagen, pues cada mochila, cada camiseta o cada estuche con el escudo que se abría en clase, era una bandera levantada. Un rugido al aire, en medio de la nada deportiva.

Aquella imagen retocada, de alguna forma, quería enseñar a todos los del “Aleti” el camino que se estaba perdiendo entre la maleza. Reivindicar lo que fuimos y la esperanza de remontarlo con el esfuerzo de sus hijos agarrándose al mástil como lapas. Un trozo de aquél sentimiento de rebeldía se lo llevó el Atlético Club de Socios a través de sus estatutos. La otra parte disidente se quedó enganchada a la “jaula de oro” del Manzanares, donde ingenuamente seguíamos llamando Club a una mercantil se reía en la cara de sus dueños legítimos; nosotros, los aficionados (los socios convertidos en abonados). Ay…

Cuando fue creada, en aquella imagen tuneada de la batalla de Iwo Jima no podía distinguirse el Club de la SAD. Por eso mismo llamó a equívoco en algunas situaciones y provocó apropiaciones, digamos que indebidas. Hoy, la desvinculación es total, pues al final del esfuerzo de los combatientes, en su punta forjada en tela, se dibuja el escudo del Atleti de Madrid. Nuestro escudo de siempre, y no el logotipo impreso en la bandera que ahora luce por los pagos de San Blas. Supongo que habrá compatriotas a los que les encante el logotipo, la nueva camiseta y la forma de gestionar el sentimiento. Están en su derecho y yo en las antípodas de ellos. Por eso, si hoy en día tuviera que volver a redibujar la escena adecuándola a la actualidad, y con ese otro nuevo símbolo como divisa; cambiaría los soldados de abajo. Serían entonces oficiales, comerciantes o vendedores de perritos calientes en los food trucks del nuevo estadio.

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