El doloroso paseíllo al Vicente Calderón

OPINIÓN. Hoy los papeles no hablaban de Gilda, ni de Rita Hayworth. Tampoco del Atleti de Aviación, aunque podrían. Sí lo hacían de ese sucedáneo pintado en rojo y blanco con el que algunos matamos la nostalgia de lo que un día dejamos llevar. Era de justicia que los papeles abrieran con el Atleti y que yo insistiera en parafrasear a Sabina, pues anoche en Sevilla Manolete no abrió la puerta grande de la Maestranza De Purísima y Oro, pero a Simeone le faltó poco para salir a hombros del Pizjuán con su inmaculado traje negro.

Lo malo es que el Atleti no sólo abría hoy los rotativos con portadas triunfales. También había crónica negra para los de los colchones, y es que el abandonado estadio de la ribera del Manzanares tiene ya fecha para empezar a darle el paseíllo. No será una cosa rápida, ni habrá quien se preocupe de que parezca un accidente. Todo lo contrario. Nuestro amado templo será borrado del mapa poco a poco. Donde antes soñábamos partido a partido, ahora nos arrancarán la piel a jirones. Despacio. Agónicamente. Ladrillo a ladrillo, vaya.

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Fue dura la despedida. Muy dura, y no reincidiré en ella. No les haré pasar por ello otra vez. Pero he de decir que aún está resultando más dolorosa ésta espera. Éste recrearse en un adiós por la fuerza. Éste asumir la oscuridad eterna de unos focos a los que les quedaban muchas noches que alumbrar. Éste ver el cadáver de tu padre en el sofá sin fecha para el entierro. Éste esperar un milagro que cambie su cruel destino y volvamos donde nos hicimos mayores. En definitiva, que uno no sabe qué debimos hacer tan mal para merecer éste cruento paseíllo a ninguna parte. 

Tengo una amiga que dice que se encadenará a su fachada cuando lleguen las excavadoras. Natalia nos anima a que le acompañemos en su último gesto de insurrección y probablemente lo terminamos haciendo, aunque sea sólo para decirle al mundo que no nos rendimos. Pero lo realmente cierto, aunque no sea tangible, es que un pedacito de nuestro ser quedó encadenado a nuestro asiento del Calderón per saecula saeculorum. Por eso algunos ni nos hemos molestado en reclamar un trozo de plástico.

Llegarán las excavadoras, llegarán. Llegarán y nos sacarán por la fuerza. Realmente ya nos sacaron hace mucho por la fuerza. Y entonces asistiremos al periodo más sádico posible. No habrá dinamita, ni se desintegrará todo en segundos. Sería demasiado fácil, ¿verdad? Mejor ensañarse con quienes aman su santuario. Tendremos que ver cómo derriban poco a poco los goles de Gárate, las gafas empañadas de Luis, los puños al aire de Ayala, el bigote de Arteche y el legado de Don Vicente. Diría también que tendremos que aguantarnos cuando echen los escombros encima del escudo jamás pisado, pero ya bailaron sobre él. Máteme ya, pero no se ensañe, oiga.

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Por último, tengo que concluir explicando lo del paseíllo, que en este caso nada tiene que ver con su acepción taurina. El paseíllo era un término utilizado en los años posteriores a la Guerra Civil Española (y también durante, pero en este caso vamos a ser fieles al contexto sabinero), y se refería al paseo que daban los soldados del Bando Nacional a los prisioneros del bando contrario camino del lugar donde serían fusilados. No me mal entiendan, pues en mi ánimo no está comparar las tragedias de aquella guerra y posguerra incivil con el tema que nos ocupa. Sólo tomo prestado el término, porque hace ya mucho tiempo que al Calderón le dieron su sentencia de muerte, pero este sinuoso e insufrible paseíllo se podría y debía haber evitado. Y cuidado con comparar con el adiós al Metropolitano, porque está en las antípodas de este. Disculpen la tristeza.

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