Año 2010, cuando Agüero silenció el José Alvalade

Año 2010, cuando Agüero silenció el José Alvalade
FRANCISCO LEONG/AFP/Getty Images

HISTORIA. La última vez que el Atlético jugó en el José Alvalade fue hace ocho años, también en Europa League y siendo el partido de vuelta de la eliminatoria. Entonces, Agüero hizo gala de su talento con una exhibición que devolvió a los rojiblancos a la cima europea.

Corría 2010. Hacía once años que el Atlético no se metía entre los ocho mejores de una competición europea. El 0-0 de la ida en el Calderón no auguraba nada positivo, con un Atleti, el de Quique Sánchez Flores, que deambulaba en mitad de tabla de la Liga. Al Sporting no le iba mucho mejor, pues acabaría cuarto en su liga a más de 20 puntos del tercero y a casi 30 del Benfica, campeón. Sufría el Kun Agüero una sequía acongojante, con apenas un par de dianas en una decena de partidos y su nivel se veía seriamente afectado por los problemas de pubalgia que arrastró siempre en las primeras temporadas y que solían agravarse en los primeros meses del año.

Mientras Forlán soltaba zarpazos con bravura, el argentino, su pareja de baile, parecía inmerso en una crisis que a los 21 años estaba trastocando realmente su nivel. Pero todo era fruto de su conversión en un futbolista más profesional. Porque aquella noche, contra todo pronóstico, Quique Sánchez Flores alineó solo en punta al Kun Agüero, dejó fuera del once a un Forlán que llevaba cuatro tantos en los últimos cinco duelos (ahí empezó la ruptura de la relación técnico-jugador que un año más tarde se hizo insostenible) y el argentino se sacó dos goles de la chistera para devolver al Atlético entre los grandes de Europa.

Fue la primera gran puesta en escena del nuevo Agüero, que llevaba detrás un trabajo de gimnasio brutal, una dieta cuidada (hoy es vegetariano) y una pérdida de peso y ganancia de músculo notoria que acabaría produciendo al jugador menos gambetero pero más vertical y determinante que acabó siendo y que le ha convertido en uno de los goleadores más voraces todavía a día de hoy.

Corría el minuto dos de partido cuando el Kun bajó un balón con nieve del cielo ante un rival que le sacaba dos cabezas. Se metió en una guerra que no podía ganar ante cuatro zagueros y esperó la ayuda de un Simão que fue fruto de la ira de la grada. Formado como sportinguista y luego héroe del Benfica es algo que nunca perdonarán en la capital lusa. No fue el portugués, sino Antonio López el que puso el centro al primer palo y el Kun, el más listo de la clase, se anticipó a todos para condicionar la eliminatoria desde el principio.

En el 18 empató el incombustible Liédson, pero el partido le seguía siendo en contra a los locales. Sobre todo porque pasada la media hora de juego el Kun hizo una de esas jugadas que le caracterizaban. Tiró un desmarque, recogió un buen pase de Reyes, se metió entre dos defensas, los recortó y con un toque de exterior más suave que otra cosa endulzó una eliminatoria que ya estaba encarrilada, sin importar que luego el Sporting igualara el marcador.

Se sufrió, claro que se sufrió. Mucho, además. De Gea salvó los muebles y Reyes perdonó más de una. Pero aquella fue la noche del Kun. Una de esas mágicas que los rojiblancos difícilmente podrán olvidar. Volvieron a sentirse grandes en un campo histórico de Europa, ante la hostilidad de 50.000 espectadores, con un problema interno de vestuario que hacía tener todo en contra. Fue la noche en la que se empezó a creer en volver a ganar un título europeo. Mucho ha llovido desde entonces. De aquel Sporting solo queda Rui Patrício. Del Atlético no queda ni el escudo.

Fotografía: FRANCISCO LEONG/AFP/Getty Images.

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