Qué fue de…25. Leo Biagini

QUÉ FUE DE… Leonardo Biagini. Llegó al Atlético con 18 años en 1995. Jugó dos temporadas en el club, participando en 50 partidos y logrando cuatro goles. En su haber ostenta los títulos de Doblete de Liga y Copa de la 1995-1996. Llegó como futura estrella pero nunca pudo acabar explotando.

Una conducción de funambulista de Caminero en pleno Camp Nou, un pase filtrado a la espalda de los zagueros y una definición de sangre fría de Leo Biagini, que sentenciaba el partido con ese 1-3, y una celebración que pasará a la historia, con el argentino ricitos de oro en el córner de los fans más radicales del Barcelona, arrodillado y haciendo un gesto universal con las manos: Toma Toma. Aquel día, el Atlético dio jaque mate a la Liga y encarriló un título que se acabó duplicando en Zaragoza. ¡Ay, Doblete Doblete…!

Héroe secundario del Doblete, Leo Biagini aterrizó en el Vicente Calderón con la vitola de nuevo niño maravilla del fútbol argentino. Su cartel era inmejorable. Biagini era aquel esmirriado delantero que había debutado con Newell’s Old Boys a los 16 años tras pegar el estirón y que formaba pareja de juegos con Diego Maradona en los entrenamientos. Por respeto, nadie quería juntarse con el astro argentino en los ejercicios. Era un riesgo quedar en evidencia ante las pericias del ’10’. Por galones, nadie se presentaba voluntario a hacer lo propio con ese joven imberbe recién ascendido de los cadetes a quien un solo soplido parecía tirar al suelo. Era rebajarse. Así que, apestados, uno por miedo y otro por vergüenza, acabaron haciendo migas con la pelota.

revulsivo habitual en el año del doblete llegó tras ser pichichi del sudamericano sub20 y campeón del mundo de la categoría

Aquel verano de 1993, Biagini disputó el Mundial Sub17 con Argentina, que fue una debacle grupal, pero las sensaciones individuales eran tan positivas que dos años después, pese a tener solo 18, engrosó la lista de la albiceleste para el Sudamericano Sub20. Argentina fue subcampeona y Biagini pichichi del torneo, recogiendo el testigo de Fernando Petete Correa. Dos meses después, compareció en el Mundial Sub20. Allí, junto a Ariel Ibagaza y Juan Pablo Sorín, Argentina se alzó con el título de la mejor manera posible: derrotando a Brasil en la final. Por el camino, en semifinales, también dejó atrás a España. Biagini anotó en ambos duelos y encauzó un torneo que para él había empezado de la peor manera posible, saliendo lesionado el primer partido de grupos a la media hora de juego. En aquella cita también deslumbraron otros que acabaron de rojiblanco, como Musampa o Dani Carvalho.

Las buenas sensaciones que había dejado bien le valieron un fichaje por el Atlético, que justo acababa de incorporar a Fernando ‘Petete’ Correa, que había deslumbrado en las citas mundialistas dos años antes. Eran tiempos donde los análisis no estaban tan documentados y donde había gran dificultad de encontrar buenos scouts al otro lado del charco. Por eso, Biagini entró en España con el cartel de ser ‘El Nuevo Batistuta’, un apodo que le venía ya incluso de Argentina. Nadie sabe cómo se llegó a eso porque el muchacho, que medía más del 1’80m de altura pero que pesaba menos que una pluma, no poseía ni el disparo de Batigol ni el remate de cabeza, ni de primeras, ni su olfato goleador. Biagini era un jugador frágil de físico y que a cada disputa de balón daba la sensación de que se iba a partir.

llegó al atleti con 18 años siendo considerado el nuevo gran proyecto de fútbol argentino

Radomir Antic encontró en él un revulsivo ideal para dar descanso a Penev y, en una alineación que todo buen atlético se conoce de carrerilla, los tres que solían salir de sustitutos eran el argentino, López y Roberto Fresnedoso. Aquel curso, Biagini disputó 28 partidos (23 de suplente) y anotó tres tantos. La mayoría de ellos, con un error tanto en su camiseta como en los gráficos de alineaciones de los medios. ‘Biaggini, con dos ges, apareció en el dorso de su camiseta durante gran parte de la temporada por error, quizás porque entonces el referente más cercano a ese apellido italiano era el de un romano llamado Max Biaggi que estaba poniendo el mundo del motociclismo patas arriba. Para Biagini, pese a saber que lo suyo con el gol no era idílico, su temporada fue buena, hizo lo que se le pidió y para ser un muchacho de 18 años que jugaba su primer año en Europa cumplió con nota. Por eso, un año más tarde, siguió de rojiblanco.

Pero algo había cambiado en aquel chico que se estaba quedando estancado. Con apenas 15 años, Biagini pasaba el 1’60m de refilón. Solo nueve meses más tarde, superaba el 1’80m. Había crecido 18cm en menos de un año. Fruto de aquel crecimiento tan espontáneo como inusual, sufrió problemas de columna, así como problemas musculares que le hicieron estar tiempo lesionado durante toda su carrera. Ya avisaron los doctores cuando jugaba en argentina, que ese crecimiento físico tanto a lo alto como a lo ancho (porque Biagini aterrizó en el Atlético siendo un flacucho y acabó dos años después con unos músculos que ya quisiera más de uno) había expuesto al jugador a una alteración extraña y nada natural que le iba a traer consecuencias a lo largo de su trayectoria. Su pisada cambió, su técnica de carrera también y parecía siempre descoordinado y desacompasado.

Aubrey Washington/Empics/Getty Images.

Ni los amuletos tan característicos en su cotidianidad hicieron que se labrara una carrera cercana a la que se le había presupuesto cuando era un juvenil. Y es que Biagini era un creyente empedernido, pero sobre todo un supersticioso voraz. Si algo le salía bien una sola vez antes de un partido, lo repetía hasta la saciedad. De hecho, su regusto por lo esotérico rozaba lo enfermizo, tanto que en sus primeros días en España los compañeros podían considerarle un poco rarito. A todos sorprendió el hecho de que hacía cruces con tiritas y las iba pegando tanto en su taquilla personal como en su asiento en el banquillo como amuleto. Llegó incluso a hacerlo en la camiseta. Según lo que quisiera o pidiera, o si era titular o no, o local o visitante, hacía más cruces o menos.

jugó 50 partidos en el atlético, marcando cuatro goles en dos temporadas

Tras dos temporadas en el Atlético, donde jugó 50 partidos y anotó cuatro goles, Biagini hizo las maletas y buscó suerte en Mérida primero y en Mallorca después. Solo tenía 20 años, mucho margen de crecimiento y necesitaba minutos donde demostrar su fútbol. En el equipo bermellón mostró un gran rendimiento, por lo que se quedó en propiedad en Son Moix hasta 2003. Su rendimiento en las Islas fue de más a menos, pasando por quirófano en varias ocasiones para intentar acabar con sus problemas de pubis, a medida que de manera paralela iban apareciendo también las figuras de Eto’o, Luque, Pandiani y Diego Tristán. La 2002-2003 fue su última temporada en Mallorca, de donde se fue con la Copa del Rey conquistada ese año. Pasó por Rayo Vallecano, Sporting de Gijón y Albacete antes de volver a Argentina para un retiro prematuro.

Ya lo habían aventurado los médicos. El espectacular desarrollo físico que había experimentado siendo tan joven le iba a pasar factura. Lo hizo durante su carrera en forma de lesiones y lo volvió a notar cuando con solo 30 años estaba destrozado. Jugando un papel secundario en Arsenal Sarandí, pudo alzarse con la Copa Sudamericana en el año de su retiro. Colgó las botas al llegar a los 30 y rápido se cruzó de acera. Pasó de vestir de corto y botas a llevar los trajes en los despachos. Se hizo agente de jugadores y colaboró con el Sporting y el Albacete, donde había militado. También ofreció sus servicios en el Atleti.

Tras siete años de inactividad, Biagini descolgó las botas para jugar en el Real Arroyo Seco, el club de la ciudad donde nació, que militaba entonces en la Tercera División de Argentina. Solo jugó unos meses, antes de volver a mudarse a Madrid. El año pasado, Arroyo Seco le hizo oficialmente un reconocimiento como una de las personas más importantes de la ciudad, algo equivalente a condecorarle como hijo predilecto. Poco después, se vistió de corto junto a numerosos amigos y excompañeros para despedir en un partido de leyendas el Vicente Calderón. Biagini nunca fue Batistuta. Pero tampoco fue nunca una realidad que pudiera llegar a serlo. Prometía demasiado, tanto, que lo fácil fue no llegar siquiera a acercarse a su techo. Debutó con 16 años, se retiró con 30, consumido por una precocidad inusual que le acabó devorando.

Fotografía: Craig Prentis/Getty Images.

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