Diego Costa ante su espejo

Diego Costa celebra con Lass un gol anotado ante el Levante (2012). / JOSE JORDAN/AFP/Getty Images

INTRAHISTORIA. Diego Costa se enfrenta al Rayo Vallecano, equipo donde militó cedido por seis meses en 2012 tras romperse la rodilla. A esa estadía debe agradecerle ser el jugador que es hoy, pues en Vallecas el de Lagarto se transformó para volver al Atlético y convertirse en uno de los mejores delanteros del mundo. Hoy, su estado de forma en este inicio de temporada asusta.

27 de julio de 2011. Jorge Mendes, agente de Diego Costa, llama al brasileño por la mañana.Diego, nos vamos a Turquía, le dice. El Besiktas se ha interesado por sus servicios y, aunque ha hecho una pretemporada al mejor nivel de su vida, el Atlético ya suma tres extracomunitarios (Diego Costa, Miranda y Salvio) y negocia fuertemente por Diego Ribas, que sería el cuarto en discordia y que acaba llegando el último día de mercado.

Costa, cansado de tanta cesión, pues en cuatro años en el Atleti ha ido a préstamo a Celta de Vigo, Albacete, Valladolid, le dice al club que si tiene que salir, lo quiere hacer a título definitivo para empezar de nuevo su carrera. El curso anterior lo ha hecho bien como suplente de Agüero y Forlán y el Atlético ha rechazado una oferta del Barcelona, que lo quería para su filial en Segunda. Pero Miguel Ángel Gil, sabedor de que son años maldados en lo económico, insta a García Pitarch, su máximo valedor, en venderlo año tras año. “Por una oferta de 8 millones lo habríamos vendido cualquier verano”, admite el entonces Director Deportivo en el libro Diego Costa, el Arte de la Guerra de Fran Guillén. Hasta entonces, el Barcelona había puesto 3 y el Udinese había llegado a 6. Eran otros tiempos. Y Diego, aún inmaduro, con mentalidad de niño grandote sin madurar, era un quebradero de cabeza para entrenadores y cuerpo técnico, cansados de ver cómo no daba el 100% y cómo cada verano llegaba tarde y en unas condiciones físicas nada óptimas.

Tras esa llamada de Jorge Mendes, Diego Costa, que esta vez sí había hecho una pretemporada a tono desde el día uno, se va al entrenamiento a puerta cerrada en el Vicente Calderón que servía de preparación para el duelo de clasificación a Europa League contra el Stromsgodset. Pero Diego, en un ejercicio de remate, se queda clavado y cae al suelo. Se ha roto el ligamento cruzado anterior y el menisco de su rodilla derecha: de seis a siete meses de baja. El Besiktas se esfuma. Nadie quiere ya al brasileño.

Pero sin esa lesión, el de Lagarto habría ido a una Liga menor, un campeonato que hoy acoge a jugadores con caché, con fichas altas, con buenos agentes que buscan colocar a sus chicos allí. Y sobre todo, al que acuden ya veteranos de guerra, futbolistas curtidos en mil batallas que no están para el primer nivel futbolístico pero sí para el primer nivel económico. La liga de las eternas promesas y las viejas glorias.

“Creo en Dios. Sé que todo pasa por alguna razón y si no tenía que ir a Turquía, por algo sería”, afirma el delantero en citado libro. “Era una señal. Dios no quería que fuera allí”. Solo Assunçao y Tiago, sus mejores amigos en la plantilla, tenían noticias de que el delantero se iba. Pero no se lamentó ni un minuto y su primer objetivo fue luchar contra el reloj. Tenía aún 22 años, era un portento físico y después de muchas irresponsabilidades parecía que estaba asentando la cabeza. Aquella lesión supuso el punto de inflexión necesario para acabar convirtiéndose en uno de los mejores delanteros del mundo y no solo uno del montón.

Óscar Pitillas, fisioterapeuta y recuperador del Atlético, vivió con la lesión de Costa los peores momentos de su carrera en el club. Porque el de Lagarto iba siempre por delante del plan de ruta marcado. Los compañeros se asustaban cuando le veían correr o saltar sin ninguna necesidad de hacerlo. Se lesionó a la vez que Asenjo y volvió varias semanas antes que él. A los cinco meses estaba totalmente recuperado, pero no tenía donde jugar. Entonces llegó la llamada del Rayo Vallecano. “Diego, eres el delantero que quiero”, le dijo Sandoval, el técnico. Y no hizo falta mucho más.

Seis meses y una semana después de la lesión, Diego Costa estaba debutando con el equipo vallecano en la Romareda. Jugó la segunda parte y marcó el gol de la victoria. En los primeros tres partidos, anotó cuatro tantos. En resumen, el equipo madrileño salvó la categoría en la última jornada, en una noche de locos y Diego Costa acabó la temporada con 16 partidos jugados, 10 goles anotados, cuatro asistencias y, marca de la casa, nueve tarjetas amarilla. El mejor bagaje de su vida.

Fue su carta de recomendación personal para, en verano de 2012, convencer a Simeone, que había llegado al cargo en diciembre, a quien el club le había dicho que nuevamente entre Salvio y Diego el que sobraba era el brasileño. “Le veía entrenar con esa pasión y me quería morir”, admitió el técnico, porque tenía que desprenderse de sus servicios. Lo idóneo hubiera sido que el de Lagarto hubiera conseguido la doble nacionalidad, pero no era así. Al final, llegó una oferta por Salvio y Diego Costa se quedó. Tardó poco en ganarse la titularidad y el resto es historia.

Aquel primer año del nuevo Diego Costa, el Atlético ganó la Supercopa de Europa y la Copa del Rey. Luego, la Liga, fue finalista de Champions y… Todo lo que ya sabemos. Porque Diego Costa fichó por el Atlético de Madrid en 2006 y ha sido propiedad del club durante nueve años. Pero sin aquella fatídica lesión, sin aquella cesión espiritual a Vallecas y sin aquel autoconvencimiento de que lo suyo era algo más que ir dando tumbos por equipos de medio pelo, nunca habríamos conocido a Diego Costa I de Lagarto. Ahora se mide a su espejo, aquel donde cambió su vida hace seis años. Lo hace en un momento de forma soberbio, tras destrozar al Real Madrid en la Supercopa y demostrar una gran superioridad física ante el Valencia en el debut liguero. De aquel Rayo Vallecano de 2012 apenas quedan Lass y Tito. De aquel Diego Costa aún queda todo.

Fotografía: JOSE JORDAN/AFP/Getty Images.

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