Ángel Correa y el viento que más sopla

Ángel Correa y el viento que más sopla
Fotografía: Denis Doyle/Getty Images.

OPINIÓN. El argentino saltó al campo entre una sonora pitada y poco después se sacó de la chistera un gol de museo. Azotado por el fallo de Turín y por los que auguraban de él un crack mundial, Correa se ha convertido en un parche salvavidas por mal rendimiento de terceros y en un jugador siempre dispuesto para lo que necesite el club.

Ya desde hace algunas jornadas, Ángel Correa es el punching ball de cierto sector de la afición del Atleti. Hay quien critica incluso más su aspecto físico y su país de procedencia para tratar de ganar enteros en su argumento. Quien remarca la situación social de la que viene para hacer una crítica que debería ser meramente futbolística y quien se refiere incluso a su forma de vestir fuera de un estadio. Ayer, el ’10’ rojiblanco saltó al césped entre una sonora pitada, quizás la mayor que él haya vivido nunca y esa que ya sufrieron en su día otros como Raúl García o Mario Suárez, y poco tardó en sacarse una genialidad de la diestra para dejar la victoria en el Metropolitano.

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La historia de Ángel Correa hay que verla desde muchos prismas. Quizás, las expectativas con él estaban demasiado altas por la necesidad de una afición despechada en buscar a un nuevo Kun Agüero. Simeone, poniéndole junto a Vietto y De Paul como uno de los mejores jugadores del país, también aportó su granito de arena a la causa. Pero lo cierto es que Correa, entonces en Argentina y como segundo punta, aterrorizaba a las defensas con su culebra en la cintura. No era goleador, nunca lo ha sido, pero sí era determinante y desequilibrante siendo solo un adolescente. Muchas cosas pasaban cuando él estaba alrededor. No en vano, en la AFA se le consideraba, siempre de manera posicional y sin comparar talentos, el sucesor de Messi. Y así se demostró cuando al del Barcelona le sancionaron varios partidos y le acabaron dando la alternativa a un Correa que estaba muy verde antes que a otros como Dybala.

El Atlético se adelantó a todos y firmó a un jugador que se rifaban en Europa por apenas siete millones de euros. Pero a su llegada aparecieron los inconvenientes, aquella operación de corazón por la que estuvo cerca de retirarse del fútbol y de la que muchos expertos hablaban le tendría un año fuera. A los tres meses de pasar por quirófano, el argentino ya estaba al nivel de sus compañeros y con el cuerpo médico siendo el que le disolvía un poco el ímpetu.

Pero Correa, sin ficha, se pasó todo el año sin debutar con el equipo. Aprovechó el no ser elegible para competición oficial para irse al Sudamericano Sub20 con Argentina, donde fue campeón y elegido Mejor Jugador del Torneo y meses después volvió a liderar a la albiceleste en el Mundial de la categoría. Simeone, en las prácticas, más allá de su posición natural, se pasó todo el curso experimentando con él como jugador de banda derecha, porque era la única posición del equipo donde no existía un suplente natural y quizás porque ya estaba empezando a preparar una futura salida de Arda y veía en el argentino una posible alternativa.

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Pero Correa es segundo delantero o mediapunta, llamadlo como queráis. Y fue ahí donde dio sus primeros partidos con el Atleti. Y su impacto inicial fue tan bueno que al poco de llegar ya se hizo con el puesto de titular, jugando por detrás de Jackson o Torres y mandando a Griezmann a un costado. Pero el acierto goleador de los de arriba era tan pobre, que Simeone necesitó acercar a Griezmann a la posición de 9 y mandar a Correa nuevamente al banquillo o a la banda.

No vamos a esconder, que donde más ha brillado el argentino ha sido saliendo de revulsivo, aprovechando su explosividad y su giro al recibir para destrozar a defensas que ya están desgastadas. Para Fernando Torres era una bendición. No en vano, no hay ni un solo rojiblanco que no siga en su cabeza con la idea de que si Correa hubiera sido el último cambio en la final de Milán

El principal problema de Ángel Correa se llama Griezmann. Pueden jugar juntos y se entienden a las mil maravillas. Esos locos bajitos. Pero la posición en la que más rinden es la misma y ahí, el francés, jugador franquicia desde hace años, tiene todo el crédito del mundo, a años luz del ’10’.

Correa no ha explotado como el jugón que todo el mundo esperaba y parecía proyectar. Y difícilmente lo va a hacer ya porque su situación como jugador ha mutado. Ante las necesidades del Atlético, sin encontrar un jugador idóneo de banda, el argentino ha sido el elegido como parche y le ha terminado ganando la partida por rendimiento a jugadores por los que se apostó mucho y defraudaron o lo están haciendo. Los Gaitán (25M), Carrasco (25M), Gelson (0, aunque acabarán siendo 30M), Vitolo (36M) o Lemar (70M) han acabado estando siempre por detrás de Correa en la rotación.

¿Por qué? Porque Correa es el interior (sin ser interior) que mejor entiende lo que pide Simeone. Ayuda constantemente al lateral, trabaja en defensa y de vez en cuando, incluso, es capaz de inventarse una de esas genialidades que se le proyectaban como normales y acabar dando una ocasión de gol. Dicen las estadísticas (WhoScored) que es tras Koke y Griezmann el jugador que más ocasiones de gol genera y pases clave da. Dicen las estadísticas (LFP) que después de los mediocentros Thomas, Koke, Saúl y Rodrigo, es el que más balones del equipo recupera. Y no se trata de un hecho puntual, sino de uno que se repite temporada tras temporada.

En cuatro años desde que tiene ficha, Correa siempre ha estado disponible para Simeone. Más allá de los partidos fuera por motivos de sanción, el argentino solo se ha perdido tres convocatorias, que responden a su paternidad, a un partido en el que Simeone le dio descanso en primera ronda de Copa del Rey y a un duelo en su primer año en el que se le solapó el compromiso internacional con Argentina con el duelo liguero con el Atleti y Simeone decidió no incluirle en la lista. Ni un solo parte médico. Y eso, en un Atlético cada vez más mermado por las lesiones, suma y mucho.

En casi cuatro temporadas, Correa añade 30 goles y 28 asistencias. O lo que es lo mismo, marca unos ocho tantos por temporada y regala siete, que no está nada mal si tenemos en cuenta que uno de los problemas de este equipo es la escasa producción de la segunda línea. Es decir, provoca 15 tantos por campaña en un Atlético que se mueve entre los 70-80 goles anuales.

No se puede engañar a nadie. Su temporada ha ido de más a mucho menos, teniendo unos últimos meses realmente malos. Aquel penalti en Turín le ha terminado por señalar en una afición que no dudaría en aclamarle si por algún casual se hubiera señalado aquel que él sufrió minutos después con Chiellini y que le habría dado el pase al equipo a cuartos.

Correa es un magnífico jugador para tener en la plantilla, un jugador que aporta a título de parche en un costado y un 10 que puede ser titular en algunos partidos sin problema. Puede que no haya evolucionado como todo el mundo esperaba, pero no ha involucionado, se ha adaptado en pos de las necesidades del equipo. Es un jugador que siempre está dispuesto y apto para jugar. Que no se queja cuando no lo hace y que entiende lo que es el Atlético, el club que él dice «me salvó la vida, se lo debo todo», como el que más.

Correa es ese muchacho que eligió el Atleti por delante de muchos clubes y que, en sus primeros años aquí, cuando parecía ir encaminado a ser un nuevo niño maravilla, rechazó ofertas mejores de la Premier (Liverpool y Manchester City) por ganarse un sitio en el equipo que considera suyo. Puede que no tenga el sentido de pertenencia que sí mama un canterano, pero no en vano, lleva aquí desde que es mayor de edad y le debe más al club que muchos que llevan aquí toda la vida. Y lo sabe.

Correa es el muchacho que, con 13 y 14 años, paseaba con Argentina con orgullo camisetas del Atlético de Madrid, esas que le pedía insistentemente a su agente Agustín Jiménez y que le conseguía otro de sus representados, Toto Salvio.

Correa es el muchacho que ayer saltó al campo abucheado y, tras marcar uno de los goles de la Liga y dar la victoria a su equipo, no se llevó las manos a las orejas ni mandó callar al respetable como podría haber hecho y como le hemos llegado a ver a algunos idolatrados de la talla de Griezmann o Forlán, sino que celebró el gol y luego, a la primera que pudo, pidió perdón. «Estaba dolido por el error que cometí en ese partido (por Turín) y porque nos costó la derrota. Este gol va para los que no dejan de apoyarnos».

Luego, el aficionado, habla de valores, se enorgullece de no ser como eso que tanto odia. Pero al final, en la práctica, se desenmascara. Y demuestra que no solo no es como los demás, sino que a veces llega a ser incluso peor.

Fotografía: Denis Doyle/Getty Images.

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