Canción triste de verano

Aunque el cauce de las aguas haya crecido en los últimos años, a orillas del Manzanares la corriente siempre trae la misma canción. Algunos se niegan a escucharla, dada su pobre melodía, buscando ilusión en temas inalcanzables. La banda de música siempre es la misma, los integrantes nunca serán reemplazados cada cuatro años, luchando siempre en su propio beneficio, estarán agarrados al nombre de la entidad a perpetuidad. Y duele, lo hace a lo largo de la temporada y se acrecienta en verano, cuando la formación repite su tremendo repertorio de cuentos macabros e infinitas mentiras, incluso cuando todos creemos vivir en primavera. Se llenan los  bolsillos, ellos cantan, y los seguidores susurran al que está sentado a su costado: ¡Diles que se vayan!.

De los jugadores que integraron, en la temporada 2013/2014, el Atlético de Madrid campeón de liga y subcampeón de Europa, aquellos veinticinco jugadores que hicieron historia, entre cesiones, ventas y contratos expirados, trece de ellos ya no visten oficialmente la rojiblanca: Courtois, Aranzubia, Filipe Luis, Miranda, Insua, Manquillo, Guilavogui, Cebolla Rodríguez, Sosa, Diego, Villa, Diego Costa y Adrián. De aquellos veinticinco jugadores que lucharon cada balón de cada minuto, cuatro de ellos saldrán presumiblemente en este mercado de fichajes: Alderweireld, Leo Baptistao, Mario Suárez y Arda Turan. Dos años, sólo dos temporadas después, el equipo que ocupó todas las tertulias futbolísticas, las de barra y caña, las de café y porra, ha sido desmantelado. Uno por uno, agradeciendo las experiencias vividas, marchan a otros lugares, mientras el aficionado sufre, se enfurece o simplemente siente impotencia viendo como la canción pudo cambiar o mejorar, hartos de escuchar la repetición de partitura. Y el mensaje se acrecienta: las estrellas no pueden ser retenidas.

Dos años, sólo dos temporadas después, el equipo que ocupó todas las tertulias futbolísticas, las de barra y caña, las de café y porra, ha sido desmantelado

Los más jóvenes ignoran el desierto por el que el club Atlético de Madrid ha tenido que lidiar los últimos veintisiete años, encontrando el frescor de algún oasis ocasional en los años noventa en forma de títulos y recuerdos imborrables. Demasiado poco, demasiado sufrimiento. Y al referirme al club, me refiero a sus aficionados, evidentemente, el único y gran activo del Atleti. Fueron, son y serán los únicos irremplazables. Hay otros, no tan jóvenes, que en épocas de bonanza olvidan aquel desierto, cuando la arena se te metía en los ojos, el calor no te dejaba avanzar y de la cantimplora no caía gota alguna. Porque los dirigentes, en este gran mar de arena mortífero, se han beneficiado de la ilusión y emoción del aficionado, de su patrimonio y de su posición social. No enumeraré las fechorías de la familia Gil, abundantes y peligrosas, ni tampoco las de Enrique Cerezo, desde que asaltaron la casa Atlética y se parapetaron en ella como si fuesen bienvenidos, como si la hubiesen construido con sus manos desnudas. No, no se trata de eso. Se trata de dirigirse a los más jóvenes, para que busquen por si mismos las evidencias del hastío del seguidor veterano, que busquen las sentencias judiciales, lean y escuchen, para que no se dejen engañar. Ahora que el sol no pega de cara y el viento sopla a nuestro favor, con más razón se debe investigar. Y también va dirigido para aquel que sabe y quiere olvidar, por puro interés o por fatiga, dejándose arrastrar hacía el punto de no retorno. Hay que saber de dónde venimos, en qué punto nos encontramos y, sobre todo, hasta donde queremos llegar.
Manuel Martín [social_link type=»twitter» url=»https://twitter.com/mercutio_montes» target=»on» ]https://twitter.com/mercutio_montes[/social_link]

Fotografía: Tania Delgado [social_link type=»twitter» url=»https://twitter.com/TD_fotografia» target=»on» ]https://twitter.com/TD_fotografia[/social_link]

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