Los lunes negros

El lunes por la mañana, aún con el sabor amargo del empate sin goles contra el Villarreal de la noche anterior, hacía tiempo en el coche para entrar a una reunión de trabajo y me dio por mirar cómo estaban los ánimos en uno de mis grupos favoritos de WhatsApp en el que hay diecinueve miembros de lo más variopinto pero con un condicionante común: todos llevan dentro ese veneno rojiblanco del que uno ni puede ni quiere librarse nunca, ni en lunes grises como este último, ni en otros muchos más oscuros que nos tocó vivir hace no tanto a esta orilla del río. El grupo se llama “Hijos de Neptuno”, figúrense. En la pantalla de mi smartphone leía criticas severas al juego del equipo. Allí se hablaba de exigencia, de olvidar estos años gloriosos de Simeone y centrarnos solo en el presente, en lo inmediato. Que si defendemos muy bien pero no hacemos gol a nadie. Que si hay que jugar así, y no asao. Que si tiene que jugar mengano, y que bajo ningún concepto puede jugar zutano. Ya saben.

No me pregunten por qué, pero de repente me acordé de mi abuela María, una mujer que no pudo ir al colegio pero con unas dotes (cultivadas a base de tesón) para la lectura y el cálculo como pocas personas he visto. Me acordé de cuando era niño y me avergonzaba de ella cuando las vecinas le decían a mi madre que la habían visto recogiendo fruta desechada por los tenderos de un mercadillo ambulante que montaban los miércoles cerca de mi casa. Me acordé de cómo la abroncaban sus cinco hijos por almacenar cajas de medicinas en exceso, o por mirar cada céntimo que gastaba cuando ya contaba con una pensión que la permitía vivir sin los agobios del pasado. Me acordé de un sinfín de anécdotas en las que no comprendía su modo de actuar y que con los años fueron teniendo sentido para mí. Mi abuela María había vivido una guerra de niña, y sabía lo que es pasar varios días sin tener qué llevarse a la boca, o ver enfermar a su hermano sin tener medicación ni remedio. Mi abuela María sabía lo que es escuchar los aviones desde un refugio anti-aéreo y rezar como si no hubiese un mañana para que las bombas cayeran lejos de allí. Mi abuela María con las manos de mi abuelo, que era albañil, construyó una casa para cada hijo en un solar que no compró hasta que no tenía la última peseta. Mi abuela María vivía el presente, y jamás dejó de mirar al futuro, pero siempre lo hizo sin perder la perspectiva del pasado. Mi abuela María nos enseñó el peligro de vivir por encima nuestras posibilidades y de tratar de ser quienes no somos. Nos enseñó que las cuentas tenían que salir con lo que tienes, y no con lo que está por venir: y ese fue su mejor legado.

Mientras mi mente terminaba ese pequeño viaje en el tiempo y regresaba a aquel lunes gris pintándome una media sonrisa en la boca, de repente comenzaron a sonar en la radio los míticos acordes de “I Will Survive”, de Gloria Gaynor, que me hicieron venirme arriba y hacer lo que hacía dos minutos me había prometido no hacer; contestar a esos “Hijos de Neptuno” de memoria frágil o edad temprana. Lo hice así:

“Señores, como lo que queréis es hablar solo de presente, es lo que voy a hacer… Hablar de presente es decir que ocupamos la quinta posición en el ranking UEFA. Hablar de presente es decir que somos el equipo menos goleado de Europa. Hablar de presente es decir que estamos segundos en la Liga, un puesto por encima del objetivo. Hablar de presente es decir que tenemos todas las opciones del mundo en Champions, y que ni dios quiere ser agraciado en el sorteo con una bola que contenga un papel con el nombre del Atlético de Madrid. Hablar de presente es decir que todo eso se está consiguiendo con unos recursos económicos a años luz de rivales que sueñan con nuestra posición. Hablar de presente es decir que sabemos que jugando como jugamos, las cuentas salen, y que si queremos jugar a otra cosa sería aventurarse en lo desconocido, arriesgándonos a regresar a los lunes más negros. Hablar de presente es decir que da pena escuchar lo que se escucha últimamente en la grada del Calderón. Hablar de presente es decir que estamos a dos partidos de convertirnos en la afición del Valencia y marcarnos un “Cholo vete ya”. Hablar de presente es decir que es muy injusto ser aficionado de este equipo y no sentirse orgulloso cada segundo en que estos jugadores derrochan coraje y corazón, más allá del acierto coyuntural”.

Dice Sabina en la canción que compuso para el centenario que “para entender lo que pasa, hay que haber llorado dentro del Calderón, que es mi casa…”, y fueron ellos, los menos jóvenes del grupo, los que rápidamente contestaron alineándose con mi sentir. Y es que para comprender bien lo que suponen estos años de “Cholismo”, quizá sea necesario tener una perspectiva amplia. Quizá uno no se pueda explicar ciertas cosas si tu memoria futbolística no se remonta más allá de Agüero y Forlán.

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A mí el doblete me pilló con dieciséis años, y no dejó de ser un maravilloso oasis. Una pausa en el fracaso continuo en el que nos revolcábamos año tras año. Gil convirtió la grandeza de un Club que con más o menos recursos siempre peleaba por todo hasta el final, en una Sociedad Anónima pusilánime, compungida, perdedora, rancia… Robó el club a los socios, sentencia mediante, para convertirlo en su circo personal, y lo peor es que le venerábamos. Fueron muchas temporadas de “pupismo” lastimoso hasta que fuimos abriendo los ojos. Al final, hechas cuentas, y resulta que se han pasado dos décadas plagadas de lunes que no eran ni grises ni marrones, sino que eran lunes más negros que el carbón. Lunes negros en que bajabas al bar a media mañana a comerte un pincho de tortilla, y mientras lo degustabas, echabas mano de un periódico grasiento y manoseado que había en la barra para terminar de fustigarte buscando al Atleti perdido en la mediocridad mas absoluta dentro de la tabla de clasificación.

Hoy los lunes no son negros. Podrá haber alguno grisáceo como el de esta semana en que se han dilapidado muchas opciones de repetir el milagro de hace dos años, no digo que no, pero hace casi un lustro que el Atleti ocupa el lugar que la historia dice que tiene que ocupar, y todo eso es gracias a Simeone y un grupo de jugadores que matan y mueren por él y por la camiseta que se ponen cada domingo. Un vestuario del que es muy difícil no sentirse orgulloso hasta en la derrota más estrepitosa. Por eso me parece de una injusticia superlativa cargar contra uno solo de los miembros de este resurgir. No entiendo cómo se puede pedir más a quien lo da todo, ni cómo se puede poner en solfa un método que nos ha llevado a cimas que ni soñábamos alcanzar. Ya lo dijo Simeone: “quien no crea, que no venga”. Si ustedes son de los que no creen, o creen que se puede hacer mejor de lo que lo hacen estos muchachos, quizá deberían pensar si la ventanilla de reclamaciones pertinente no está mucho más arriba del vestuario. Piénsenlo. Piensen bien, y traten de adivinar un horizonte sin Simeone, sin su gen competitivo, y sin ese sentimiento de pertenencia que tanto pondera. Piensen bien qué apellido quieren ponerle a sus lunes. Mi abuela María lo tenía claro: «quién olvida de dónde viene, difícilmente sabe hacia dónde va».

Fotografía: Tania Delgado / Esto Es Atleti

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