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viernes, 23 julio 2021

La historia de mis mayores

En mi familia materna se ha dado una circunstancia que ha contagiado incluso a los miembros que se han ido sumando con el paso del tiempo: somos del Atleti. Hay alguno al que no le gustaba el fútbol y animaba sólo a la sección de baloncesto del Real Madrid. Esa misma persona hoy no irá al Calderón porque sufre demasiado con estos partidos.

Mi abuelo se hizo del Atleti porque cuando veía los periódicos en su pueblo le llamaron la atención las rayas rojiblancas de la camiseta. En plena posguerra se fue a estudiar a Toledo y después se vino a Madrid, hasta que con el tiempo terminaría llevándose a mi madre con él al Metropolitano. Después fue mi tío el que siguió los pasos de su hermana y de su padre. De hecho, fue él quien más se aprovechó y desde muy pequeño ya iba con mi abuelo al Vicente Calderón. Vio ganar, por ejemplo, la Liga de 1973 en la última jornada contra el Deportivo de la Coruña, con una camiseta y una bandera que le había cosido mi abuela.

Precisamente esa Liga fue la que le permitió jugar la Copa de Europa la temporada siguiente. Casi tanto como la  final se recuerdan las semifinales contra el Celtic, que siempre me habían dicho que el árbitro turco Babacan había expulsado a tres y me lo habían vendido como el atraco del siglo. Después descubrí que aquel hombre había permitido que los jugadores del Celtic recibiesen patadas hasta reventar. “La vuelta en el Calderón fue impresionante, yo no lo había visto así nunca”, me dijo mi tío. Y directos a la final de Bruselas.

Coger un vuelo de ida y vuelta a Bruselas más una noche de hotel no estaba al alcance de casi nadie en 1974, así que les tocó hacer piña delante de la televisión, aún en blanco y negro. Mi abuelo trabajaba como tornero en una empresa de repuestos eléctricos, en la zona de Méndez Álvaro y aquella tarde le tocó volver corriendo a casa después de hacer horas extras. “Me acuerdo de la ilusión que le hacía el partido. Y eso que el Atleti ya había ganado muchos títulos, pero aquello era alucinante. Todos en el salón con la bufanda rojiblanca de lana puesta en pleno mayo”, recuerda mi madre. Aunque la mejor anécdota la cuenta mi tío: “Con el gol de Luis nos volvimos locos, sacamos la bandera, nos asomamos y gritamos por la ventana… Y en cuanto nos volvimos a sentar nos empataron. Aunque peor fue lo que le pasó a un amigo, que sus padres le vistieron con la equipación para salir a la calle a celebrarlo y luego le tuvieron que volver a poner el pijama”.

No hay síntomas de revancha hoy en el equipo. Normal si se tiene en cuenta que Tiago, el jugador más veterano, nació una década después de aquella final. No me veo en condiciones ni siquiera de pedirle a Koke o Gabi que ganen por mis mayores. Pero este club sólo ha jugado en dos ocasiones contra el Bayern, ambas en 1974. Mi abuelo, como el de alguno que lea esto, murió sin ver al Atlético de Madrid ganar una Copa de Europa y es inevitable pensar que el círculo se cerrará curando una herida que lleva abierta 42 años.

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