Una semifinal desde el cielo

JOSEP LAGO/AFP/Getty Images

OPINIÓN. Above us only sky, o lo que es lo mismo: por encima de nosotros, sólo el cielo. Convertido en lema de la afición Red, esta frase perteneciente al legendario «Imagine» de John Lennon define a grandes rasgos mi estado actual. Mi avión despegó hace una hora de Lisboa (ese lugar al que juré no volver si no era con una Champions bajo el brazo) con destino Hamburgo. Sí Hamburgo, la ciudad donde le dijimos a Europa que los colores rojiblancos siempre vuelven dispuestos a levantarse. Inmerso en una vorágine casi perpetua de turbulencias, los nervios me comen por dentro pensando que los míos se juegan la vida ahí abajo, en el terrenal césped del Camp Nou, mientras yo maldigo al responsable de que el aeroplano en el que viajo no tenga wifi.

Llevo un rato pensándolo, y no recuerdo la última vez que el Atleti jugó un partido y yo no lo vi. Supongo que tendríamos que remontarnos a la década de los 90, en que los partidos como visitante, cuando no eran televisados los seguía adosado al transistor, eso si no le había desplazado al estadio de turno. Pero es que hoy, ¡ni siquiera puedo seguirlo por la radio! Me he tenido que portar muy mal para que los Torres, Koke, Juanfran y compañía se estén batiendo el cobre por meternos el la Final de Copa soñada y yo no pueda ni imaginar lo que está pasado.

Hace un rato la desesperación me ha llevado a acercarme a cabina a suplicar por alguna alternativa. Me han mirado muy raro y me han invitado amablemente a volver a mi asiento. ¡Serán insensatos! ¿Acaso no se dan cuanta de que Torres estará a punto de perforar esas redes que tan bien conoce? Nada, ellos a lo suyo, como si no se les acelerase el pulso con esta agonía infinita.

Ahora recuerdo que hace años me tocó vivir otra semifinal en circunstancias difíciles. Fue precisamente el partido que con el que sellamos la clasificación para la final de Hamburgo. Aquella noche de Anfield me pilló en Zúrich, por trabajo. Abandoné una cena de empresa antes de tiempo para encerrarme en una habitación de hotel en la que ningún canal televisaba el choque. Recurrí al wifi más caro del mundo para verlo por Roja Directa. Fue peor el remedio que la enfermedad, pues los cortes eran continuos, y mis gritos inenarrables. La historia terminó bien, y recuerdo con cariño y cierta nostalgia aquel partido vivido en la soledad más absoluta. Semanas después tocamos el cielo, ese que es lo único que hay por encima nuestro. Ese mismo cielo que años antes había tocado otro atlético de corazón (también en Hamburgo), como Javi Castillejo, el día que noqueó a Felix Sturm para proclamarse Campeón del Mundo de Peso Medio en boxeo.

Ya queda poco para aterrizar, y el partido andará por el minuto 70. He imaginado doscientos partidos diferentes en las últimas dos horas, y seguro que ninguno coincide con la realidad. Mientras sigo creyendo que se puede, no dejo de ser consciente de la dificultad del reto, y la ansiedad por saber algo me ahoga. ¿Será posible que algo que no es importante despierte en mi sensaciones tan fuertes? Lo describe magistralmente Andrés Calamaro en su canción Estadio Azteca: «prendido a tu botella vacía, esa que antes siempre tuvo gusto a nada, apretando los dedos, agarrándole, dándole mi vida a ese para-avalanchas». Así nos describe la parte más irracional del hincha que ama a su equipo. Mientras, yo le doy mi vida al asiento de delante (ya me ha llamado la atención dos veces su ocupante), a la ventanilla, o a mi iPhone mientras le suplico que encuentre alguna onda suelta de 4G, pero no hay forma, lo único que encuentro es un vaso de vino que me ha traído una azafata muy amable para amenizar mi desazón.

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Termino la noche y estas frases en la habitación de un hotel cualquiera de Hamburgo. Ya he visto el resumen unas cuantas veces, y parece que los nuestros se han partido la cara por alcanzar la final. Me atrevería a decir, incluso, que han merecido lograrlo. No ha podido ser esta vez, pero han puesto en vilo a los 100.000 que llenaban las gradas del Nou Camp, y eso a mí me vale. Jugando así, hay licencia para soñar con Cardiff.

Hoy he aprendido que hay algo peor que una derrota, y es no ser partícipe de ella. Estar en una dimensión paralela en la que no sientes. Es lo más parecido a estar muerto. Denme muchas derrotas, porque ellas también te dan la vida, y aunque amarguen, te hacen sentir. Por eso, aunque muchos no lo entiendan, volveríamos a Milán con los nuestros aún sabiendo el resultado. Así somos los que caminamos por el mundo con coraje y corazón. Así somos los del Atleti. Ya saben, como dicen en Liverpool: por encima de nosotros, sólo el cielo.

Fotografía: JOSEP LAGO/AFP/Getty Images

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