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sábado, 20 agosto 2022

El año del Ángel

OPINIÓN. Correa ha empezado la temporada ejecutando aquello que se le pedía y de lo que cada vez parecía más lejos. El paso adelante tiene que ser definitivo esta temporada, a sus 22 años, aprovechando la merma en la delantera y preparándose para recoger el testigo de un Griezmann que no será eterno como rojiblanco.

Cuando coge la pelota y gira, y a veces lo hace todo en uno, sin tocar el balón, ya no hay posibilidad manifiesta de frenarle. Ni siquiera con falta. Tiene la picardía que se adquiere en la calle, jugando picaditos (partidos de barrio) y retando a los chicos mayores. El desparpajo de quien ha visto la muerte de cerca y ya no le teme a nada, ese que se desenvuelve igual en un duelo de grande altura de Champions League que entre el suelo mal adoquinado del barrio de Las Flores en Rosario, Argentina. Porque Ángel Correa, que allí nació hace 22 años, está en el año de su eclosión definitiva.

Crucial ante el Girona, allanador del camino ante Las Palmas, incisivo ante el Valencia y un tormento como desatascador en Italia contra la Roma, el ex de San Lorenzo presenta su candidatura a serio aspirante a la titularidad en la vacante que la delantera tiene en disputa a varios atacantes. No es el más goleador (de hecho nunca se ha caracterizado por ello) porque no es delantero centro pero sí es el mejor jugador de todos los aspirantes al puesto.

Y es que Ángel Correa lo tenía todo en su contra. Considerado hace apenas tres temporadas como uno de los juveniles más prometedores del mundo, su rendimiento para con la rojiblanca parecía haber ido de más a menos y los destellos que a veces tenía se antojaban escasos. Siempre jugando partidos rotos y comprometidos, intentando demostrar demasiado en poco tiempo, ejecutando acciones atropelladas y tomando decisiones de forma precipitada, Correa tenía el serio peligro de quedarse estancado. Lo veía el Atleti y lo veía Argentina, que pasó de considerarle el único jugador capaz de darle a la albiceleste algo similar a lo que ofrecía Messi (así lo afirmaron cuando el astro del Barcelona fue sancionado por la CONMEBOL con cuatro partidos) a no ir ni convocado desde la llegada de Sampaoli.

Una pretemporada desatinada, un mercado en el que podía salir cedido, un verano agitado en el que tuvo que lidiar con la muerte de uno de sus hermanos (también perdió a su padre cuando solo tenía 10 años) y una competencia numerosa hacían pensar que el chico podría realmente tocar fondo y quedarse en lo que pudo ser y no fue. El peligro era real. Otro candidato a estrella mundial (porque Correa, siendo sinceros, tenía y puede que aún tenga proyección de jugador en la pugna por un Balón de Oro si todo sigue sus cauces) que se iba a dar de bruces con la realidad.

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Pero no. Ángel, que dice el Diccionario de la Real Academia que es la «persona en quien se suponen las cualidades propias de los espíritus angélicos, es decir, bondad, belleza e inocencia» y que «tiene gracia o encanto», tiene mucho ángel. Es bello, bueno y presenta la sonrisa de la inocencia. Nunca nadie le ha regalado nada. «Los chicos que salen de mi barrio tenemos que hacer más del doble que los demás», admitía a su aterrizaje en Madrid, sabedor de que el porcentaje de acabar malparado en su sitio de origen es aterradormente elevado. Superó una operación de corazón abierta que estuvo cerca de retirarle no solo del fútbol y ahora se sienta en la mesa de los mayores.

Llegó al Atlético con una afición necesitada de estrellas que buscaba rellenar el vacío que el Kun Agüero había dejado. Un nuevo niño al que mimar. Porque el del Kun fue como el amor de los 15 años. El primero. Tan intenso como doloroso. Las comparaciones, injustas e innecesarias, se hicieron imposibles, porque hablamos de dos jugadores radicalmente opuestos. Le debe la vida al Atlético, o eso mismo afirma él, que fue quien se hizo cargo de aquella intervención hace ya tres temporadas. Y su sentido de pertenencia queda fuera de toda duda con según qué declaraciones que en la parroquia rojiblanca tampoco sientan muy bien. No me declares un amor eterno que luego no puedas cumplir.

Por eso, porque quizás fue el club el que le salvó la vida, dolería el triple de lo normal que Correa se convirtiera en lo que apunta y acabara decidiendo salir. El puesto al lado de Griezmann debe ser suyo y es una pena que su mejor demarcación sea en realidad la que ocupa el francés, que no está de más decir anda algo despistado en el inicio de campaña. Por eso, ante la más que probable salida del galo el verano que viene (basada en todo el circo montado en el último mercado y en el hincapié en seguir «una temporada más»), es el argentino quien debe coger los galones de la mediapunta.

Ángel se seguirá equivocando, pero cada vez menos. Su ADN tiende al regate, a la magia, a la imaginación, a la maravilla en una baldosa. A ejecutar cosas que el 99% de jugadores no pueden llegar y a lo que el resto de los mortales ni siquiera se nos ocurre pensar como posible. Y ese riesgo que tenemos que pagar cada vez que se equivoque será menor cuanta más experiencia tenga. Porque aunque pierda cuatro balones seguidos, con que le salga solo una, esa última será gol.

Correa es un jugador de dibujos animados. El año pasado, entre altibajos, entre sensaciones encontradas, entre días de subidón y días de bajón, dejó estadísticas, que a veces dicen más que el propio feeling: ocho goles y 11 asistencias (genera un gol cada 100 minutos), el segundo mejor pasador del equipo. Siendo un reserva. «Correa debe dar un paso más, es nuestro desafío», afirmaba Simeone antes del primer partido oficial esta campaña y el argentino ha respondido sobre el campo.

Ese paso que debe dar lo está llevando a cabo. Tanto por mérito suyo como por demérito de sus iguales. La temporada solo ha empezado y con dos dianas ya es el mejor artillero del equipo junto a Koke (jugando casi la mitad que el canterano). Pero al argentino no se le piden los goles, que si llegan sería una guinda magnífica al pastel. Se le piden acciones como la del primer minuto en Las Palmas, la del primer balón tocado en Girona o la media hora en Italia. En Roma, ante la atenta mirada del Papa, ese hincha de San Lorenzo que curiosamente le dio la Comunión cuando Correa era solo un crío. Quizás fue ahí cuando le tocó la varita mágica. El Ángel.

FotografíaCHRISTOF STACHE/AFP/Getty Images.

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