Wind of change (Vientos de cambio)

OSCAR DEL POZO/AFP/Getty Images
OSCAR DEL POZO/AFP/Getty Images

OPINIÓN: El cambio del Vicente Calderón al Wanda Metropolitano es a mejor. Evolución. El equipo como institución crece, la marca se agranda. Pero hablamos tantas veces de odio al fútbol moderno, de más sentimentalismo y menos negocio que muchas veces pasamos por alto que la mudanza, aunque seguro irá a mejor a largo plazo, es un coste de oportunidad altísimo y un duro golpe al romanticismo de tantos que trataron al Vicente Calderón como ‘otra casa’.

Abres el compartimento donde guardas los zapatos y encuentras aquellos mocasines semielegantes que te compraste para una fiesta a la que ibas más bien de sport. Al lado, las zapatillas de correr, esas que elegiste por su tono fosforito, que apenas has usado un par de veces y ahora te sirven para salir al campo en el pueblo. Las deportivas de diario y las blancas, adquiridas en un arrebato porque en su día estaban de moda pero nunca te hicieron mucho tilín. Y al fondo, justo ya cuando ni recordabas que existían, ves tus primeras Vans. Negras, aunque con el color comido por el paso de los años, por el uso desmedido de una adolescencia que pasó voraz. Son tus zapatillas favoritas, llenas de recuerdos de la pubertad y la madurez, agujereadas, machacadas, esas que avergonzaban a tu madre cada vez que salías de casa con ellas. Ahora tienes unas nuevas. Mejores incluso, con un sistema novedoso en la plantilla que te llena de confort. Pero te costará mucho adaptarte a ellas. Porque como las primeras, no hay nada.

Miras en el Media Markt. Es el último modelo Mac del mercado. Apple se ha coronado con la mejor gama y no ha escatimado en detalles para darle a sus clientes el servicio impoluto de una empresa tamaña. Has ahorrado durante años para darte un capricho que, el entorno de los mortales, solo se puede dar una vez en la vida. Pero dudas. Dudas porque tu viejo ordenador, que tarda un siglo en iniciarse y se queda colgado cada cuarto de hora, tiene un encanto que no sabes explicar. Es tuyo, te pertenece. Funciona mal, pero funciona. Lo tienes repleto de fotos que no quieres perder, de vídeos que odiarías extraviar y no sabes si en el camino, en el traspaso, váyanse a alinearse los planetas y te quedes todo aquello. Además, el PhotoShop, que apenas usas en decir verdad, es de lo poco que no se bloquea en el antiguo. ¿Y si en mi nuevo Mac no puedo darle el mismo uso? ¿Y si no me adapto y me siento extraño?

Bajas al trastero porque te han llamado para jugar un partidito. Hace años que no te juntas con los tuyos para jugar antes de las cervezas. Lo habitual suele ser lo segundo, sin nada de ejercicio. Y está ahí tu balón de hace siglos. Desinflado, despellejado. No sirve para nada. Le llenas de aire y no dura en compostura más de media hora. Tiene la válvula rota, aunque puede que no esté pinchada. Y aunque sabes que Roberto, que de jovenzuelo siempre se encargaba del material y pringaba con ser el portador de los elementos comunes, va a llevar su balón, que probablemente haya comprado en el Decathlon y le haya costado un ojo de la cara solo para la pachanguita dominguera, llevas también el tuyo. Porque está lleno de recuerdos, porque en él hay tardes de jugar hasta que se fuera la luz del sol, de rodillas peladas por las entradas a ras del suelo adoquinado, de finales de Champions jugadas en callejones haciendo con dos mochilas y dos sudaderas unas porterías de lo más vetustas. Y porque es tu balón. Y le tienes cariño.

Buscas y rebuscas en el armario. Al lado de la camisa blanca que te ponías para ir a trabajar hace dos años está la sudadera con capucha que te encanta portar los días de tormenta invernales, incluso aunque te quedes en casa acurrucado en el sofá por la tarde. Aquellos pantalones que te compró tu novia y que odias, pero que te pones solo por contentarla. Y al final la encuentras. La camiseta roja que en su día era impoluta y que a tus ojos aún lo es, la que llamabas la de las grandes citas. La llevabas un par de días a la semana y porque no daba tiempo a que se lavara y secara más rápido. Elegías fríamente las fechas señaladas como el cumpleaños de tu mejor amigo o la presentación en el instituto y te concienciabas de que ese día debía de estar planchadita. Es esa que tu madre trató de hacer trapos tantas y tantas veces a lo largo de los años y que, ya independizado, sigues guardando. Hace siglos que no te la pones, pero no te atreves a tirarla. Tiene algo. Es tu camiseta. Y aunque ahora llevas unas nuevas, esa siempre estará allí.

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Es un Audi último modelo. Tu padre, que sabe que andas algo justo de liquidez por un problema de un tercero ha decidido prestarte algo de dinero porque en esa tartana ya no se puede ir. Tiene aire acondicionado, los asientos son demasiado cómodos y el maletero serviría casi para llevar una mudanza de un tirón. Sabes que la historia entre tú y la carretera solo podría ir a mejor con él, con su suave volante, su elegante palanca de cambios y su diseño que te hace pensar en ir en una nave espacial. Tienes unas ganas inmensas de estrenarlo, pero de forma paralela, sientes miedo y pena por deshacerte de tu Renault gris viejo. Ese que hace años no tiene llantas, cambia de marchas medio-mal y te ha dejado tirado más de una vez costándote una fortuna en el taller. Con él pasar cada ITV es una aventura. Pero también es ese que utilizaste nada más aprobar el carné de conducir. Aquel con el que recorriste tus primeros kilómetros como novel y donde descubriste con tus amigos las fronteras de tu ciudad. Aquel primer viaje a la playa, cuando hubo que hacer malabares para que entraran las tres maletas para cinco días que traía el loco de Luis y la tabla de windsurf que se empeñó en llevar Miguel y que luego nunca usó. Y te da más disgustos que alegrías, pero sueltas una lagrimita cuando das el coche al concesionario para rebajar unos euros la adquisición del nuevo.

Miras en el cajón de los CDs y ahí está: Green Day. Qué cojonudamente buenos eran cuando empezaron y nadie los conocía. Antes de ser comerciales, cuando hacían realmente rock punk, cuando prácticamente inventaron un género. Cuando tocaban en salas del inframundo y tú ibas a verlos, convenciendo a tus amigos que esos tíos molaban de verdad. Todas aquellas tardes ensayando en el garaje del chalé de Pablo, juntándote con tres colegas igual de locos que tú que querían formar una banda y que no sabían no por dónde empezar. Todas aquellas peleas por saber quién sería Billie Joe Armstrong porque de verdad, por un segundo, pensabas que un día tocarías en el Madison Square Garden. Y al lado de su primer disco está el último. Todo comercial, con la banda componiendo para el público y no para ellos mismos, con la gente que no los conocía llenando los estadios más gigantes del mundo subiéndose a un carro que tú comandaste desde el principio. Y te quedas con los originales, con los del principio, con los que no eran famosos pero sí eran tuyos.

Estantería tras estantería buscas la última edición del Quijote, esa que viene con múltiples ayudas a la hora de la comprensión del castellano antiguo en el que está escrito. Se la regalaron a Alberto en la primera comunión (vaya regalito) y aún nadie la ha abierto siquiera. Hace años que te planteas releerlo, pero no te acostumbras porque parece demasiado moderno para ser El Quijote, para ser Cervantes. Lo han querido adaptar tanto a los nuevos tiempos que lo han terminado matando. Entonces vuelves a casa de tus padres, miras en el cajón de los trastos antiguos y ahí está, sin tapas, la edición que leíste cuando ibas al colegio. Tampoco es la primera que se hizo, pero sí es muy antigua. Es tuya y apenas logras entender mucho cuando no pones interés. Pero creciste con ella, te pertenece.

Revisas en un antiguo álbum de fotos y no sabes si estarán en el rojo o en el azul. Aquel Carnaval de hace siete años en el que cada uno de tus amigos eligió un superhéroe y Marcos te quiso quitar a Spiderman hasta el final, pero no pudo. Y entre todas las instantáneas se cuela una suya, que no debería estar ahí, pero está. Es la foto de tu primer amor, el de los 15, ese que te duró toda la adolescencia y a decir verdad aún te asalta de vez en cuando. Ese que no se olvida. Tienes novia, te hace muy feliz y hasta ya habláis de planes de boda. Pero cada vez que te cruzas por la calle con tu primer gran amor, el mundo deja de girar y las cosas dejan de existir. Porque fue el primero que tuviste, el que te acogió cuando nada ni nadie lo había hecho. Porque su pudieras volver al pasado, aunque fuera dar un paso atrás, tendrías muchas papeletas para hacerlo.

Te bajas en una estación nueva de Metro. El ambiente es maravilloso y el rojo y blanco se sale del panorama. Y allí al fondo está, casi con forma de platillo volante. Es maravilloso, un placer para la vista. Las riadas rojiblancas que allí acuden te hacen sentir estar en casa. Aunque todo sea muy frío. Entras y es todo lujo. Es una maravilla de la humanidad. El lujo rezuma por los cuatro costados, el colorido lo hace acogedor, el sonido es digno de las mejores sinfonías. Es el Wanda Metropolitano, a quien solo le falla el nombre pero lo compensa el apellido. No se puede pedir más. Pero echas la vista atrás y ahí está, en todo el centro de Madrid, con azulejos azules que antes eran columnas rojas y blancas y que aún tardarán en derribar. Ya fue difícil hacerse a ese tinte de fachada azul y a ese rediseño que en su día era fantasmagórico, pero al menos no te hicieron una mudanza.

Y no fue la primera casa, pero sí fue tu primera. Y el primer hogar de muchos otros, de casi la mayor parte de la masa social que ahora acampará en el barrio de San Blas. Y por eso cuesta tanto, porque el Vicente Calderón es tuyo. Era tuyo. Y el Wanda Metropolitano tardará en serlo. Hay que llenarlo aún de recuerdos y vivencias. Y de títulos. Es como estar en casa de tu mejor amigo, que te dice que te sientas como en casa. Pero no. Allí en Paseo Virgen del Puerto se vivió el gol de Simeone ante el Albacete, el ramo de Pantic y las mejores tardes de Fernando Torres. Un 4-0 al eterno rival, un maravilloso Diego Forlán ante el Liverpool y un zapatazo de Correa ante el Nastic en las mañanas más oscuras del infierno. Allí se vivió el cumpleaños número 100, el fatídico penalti de Esnáider contra el Ajax y aquella exhibición del Kun Agüero ante el Barcelona de Guardiola. Allí se vivió la conquista de la Intercontinental, las noches europeas más gloriosas y remontadas coperas históricas. Y a Luis Aragonés.

Ya lo compusieron los Scorpions en su maravilloso Wind of Change (Vientos de Cambio):

Take me to the magic of the moment
On a glory night
Where the children of tomorrow dream away
In the wind of change
Walking down the street
Distant memories
Are buried in the past forever

(Llévame a la magia del momento,
en una noche de gloria.
Donde los niños del mañana sueñan
con el viento de cambio.
Caminando calle abajo,
recuerdos distantes
están enterrados para siempre en el pasado)

Porque por mucho que Eagles sacó una canción detrás de otra, nunca nada pudo superar a Hotel California.

Fotografía: OSCAR DEL POZO/AFP/Getty Images.

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