Un adiós para Antoine Griezmann: el mejor en la historia del Atlético
Confieso que, aunque lo sabíamos desde marzo, ver a Antoine Griezmann despedirse anoche del Metropolitano me encogió el corazón. Es de esas noticias que uno procesa con la cabeza pero que, cuando se hacen reales sobre el césped, te rompen por dentro. Ver las lágrimas en la grada de miles de colchoneros fue el reflejo de que no se va un futbolista cualquiera; se va un pedazo de nuestro escudo.
El debate ya está en la calle y, para mí, no hay dudas: el francés se ha ganado sentarse en lo más alto del Olimpo rojiblanco. Las cifras están ahí y son incuestionables. Hablamos del máximo goleador histórico de nuestra entidad, el hombre que más veces ha visto puerta en competiciones europeas y el segundo en Liga, solo por detrás del mítico Adrián Escudero. Con este historial en la mano, situarlo como el mejor jugador de la historia del Atlético de Madrid no es una osadía, es de justicia.
El valor de hincar la rodilla
Pero más allá de los goles, lo que de verdad engrandece a Griezmann es cómo logró cambiar su destino aquí. No es normal que una estrella mundial baje la cabeza, asuma su error al marcharse al Barça y pida perdón con el mono de trabajo puesto. Anoche, micrófono en mano, volvió a recordar esas palabras de su regreso en 2021. Se ganó el perdón corriendo como el que más, demostrando que para ser grande primero hay que ser humilde.
Para mí, Antoine es la obra cumbre de Diego Pablo Simeone. El Cholo lo moldeó, pero fue el factor humano de Griezmann lo que enamoró al vestuario y a la afición. Un tipo que aguantó la crítica, que nunca levantó la voz fuera de tono y que siempre priorizó el grupo.
Sé que muchos le echarán en cara la falta de grandes títulos en esta última etapa. Es el único 'pero' que se le puede poner a un campeón del mundo. Sin embargo, anoche quedó claro que su mayor trofeo ha sido recuperar el amor incondicional de una afición que jamás lo va a olvidar. Se marcha a Orlando, sí, pero ya ha prometido volver. Y estoy seguro de que, cuando regrese a los despachos, brillará tanto como lo hizo con el balón en los pies. Gracias por todo, Grizzi.